martes, 30 de junio de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo XLVII y capítulo XLVIII

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Capítulo XLVII:

Mucho humor encontramos en este capítulo, a costa de Sancho. Y es que éste empieza a descubrir que ser gobernador de una ínsula no es tan fácil como parece. Y que tener el poder no  significa que pueda disponer de todo cuando él quiera...  Ni siquiera iba a poder comer...

Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado a Sancho; otro que hacía el oficio de maestresala, llegó un plato de fruta delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro manjar. Iba a probarle Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si se había de comer aquella comida como juego de maesecoral.
Y no le gustarán los consejos del médico a Sancho. ¡Si es que no le dejaba comer de nada! Tan solo le aconsejó " para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión." Ante esta respuesta, Sancho no pudo más:
-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en residencia, que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.
Además de esto, recibirá carta del duque, que le comunicará que se prepare para la guerra, y que tenga cuidado, que puede ser traicionado por alguien muy cercano a él. ¿Quién dijo que ser gobernador era tarea fácil?

Capítulo XLVIII:

Don Quijote sigue dolido por los arañazos de los gatos y está descansando en su aposento cuando nota abrirse la puerta. Aunque pensó en la doncella enamorada, Altisidora, pronto ve que es una dueña " con unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando quedito, y movía los pies blandamente." Ante esta imagen, solo pudo pensar que una bruja acudía a él. Así que no pudo evitar asustarse como tampoco pudo evitar asustar a la dueña que entraba. Y es que lo que ella veía era un hombre "envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar."

Pero pronto se aclaró la situación y la dueña le explicó a don Quijote quien era y lo que quería de él. Y éste pronto aclaró que no estaba para ninguna petición celestinesca, que él estaba enamorado de Dulcinea.  Pero ella solo quería ayuda para su hija. Y de paso, también le daba pistas a nuestro caballero  sobre el verdadero carácter de Altisidora y de la duquesa.
...de esta mi muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y, debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que, como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no está muy sana: que tiene un cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.
Tal y como acabó la dueña de contar su historia, de forma brusca entraron varias personas en los aposentos de don Quijote y tal fue el susto que la vela se le cayó a la mujer quedando la habitación a oscuras.
Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona, con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y, aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniese por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en dejando molida a la dueña los callados verdugos (la cual no osaba quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la batalla casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el perverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo, que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
Lleva otra vez nuestro caballero una rachita... Que no hay manera de que termine bien un capítulo.
 

domingo, 28 de junio de 2015

La soledad del mánager de Manuel Vázquez Montalbán

La soledad del mánager
Manuel Vázquez Montalbán
Editorial Planeta, 2004 (1977)
Un hombre aparece muerto con unas bragas de mujer en el bolsillo. La viuda encarga la investigación del caso a un «huelebraguetas» gallego, un detective privado de complejo pasado. Lo que parecía ser un ajuste de cuentas sexual se convierte en un ajuste de cuentas político que tiene como fondo la sociedad española a medio camino entre la muerte de Franco y el intento de consolidación democrática. Carvalho trata de compensar sus angustias e inhibiciones guisando un salmis de pato a las dos de la madrugada o haciendo el amor con la pasividad de un animal caliente pero escéptico.
Si Tatuaje me gustó, La soledad del mánager es aún mejor. Y desde luego, cuando pase un tiempo, seguiré con esta saga, que Carvalho se está haciendo, poco a poco, de mis personajes favoritos. Me recuerda mucho a Marlowe, ese gran personaje de Chandler. Como él, es cínico, irónico, un tanto pesimista y muy crítico con la sociedad en que le ha tocado vivir. Y es que son años difíciles. La muerte de Franco aún está muy cerca y España parece todavía no asimilarlo. Le cuesta despertar, le cuesta aceptar esa reciente democracia, esa libertad a la que no está acostumbrada. 

La investigación está perfectamente narrada. Ningún pero puedo ponerle. Pero lo mejor está realmente en su ambientación. Los pasos de Carvalho le llevarán a conocer a esa clase burguesa que hizo su riqueza en la dictadura franquista y no quiere que la democracia le impida seguir acumulando más dinero, más poder. Y para ello cambiarán sus ideales. Si antes eran franquistas, ahora serán demócratas. Porque el único ideal que ellos realmente siguen es el del poder del dinero. Y si para seguir manteniéndose ahí arriba, tienen que meter el miedo en la gente, lo harán, sin problemas. Mira que han pasado años, pero aún sigue describiendo la situación actual...
Creas la sensación de que el poder no controla la situación y de que el sistema político no sirve para garantizar el orden (...) Casi siempre en favor del propio poder, que así obtiene coartadas y cheques en blanco para hacer lo que le pasa por los cojones y como le pasa por los cojones.

No le tiembla la mano a Montalbán a la hora de denunciar y hacernos ver cómo fueron esos años de transición. Años llenos de corrupción, porque todo era válido para que en la cúspide del poder siguieran los mismos.

Y tampoco le tiembla a la hora de reflexionar sobre la cultura:
"Llenó el bidet y luego buscó en las páginas literarias y en ellas el escrito de Fernado Monegal, el mejor crítico español de teatro polaco, predilecto de Carvalho no sólo por la capacidad absorbente del papel sino por la no menor capacidad absorbente de lo impreso. Diríase que se establecía una síntesis inestimable entre el papel y el artículo en la función de dejar el año preparado para el definitivo lavado en el bidet."
 Una novela para leer y releer,  porque no sólo encontramos unos buenos personajes y una buena trama, sino que también hallamos una valiente visión de los acontecimientos de estos años. Y todo acompañado por una prosa de gran calidad que convierte la lectura de esta novela en un auténtico deleite.



jueves, 25 de junio de 2015

Las lecturas de Marta: ¡Peligro: yetis! de Eleanor Hawken

Cuando la vida de Samu empieza a volver a la normalidad, en el zoo aparece un gusano parlanchín pidiendo ayuda para encontrar a su mejor amigo, el jefe de los yetis, que ha sido secuestrado. ¡Menos mal que a Samu le echarán un cable su frikipandilla y la rana de los deseos, un anfibio muy peculiar!
Aventuras, humor, fantasía, acción... ¿Cómo no va a gustarle a mi hija este libro? Tanto lo ha disfrutado que hemos tenido que comprarle ya el primero de esta saga para ponerse al día con esta historia. Y enterarnos bien por qué toda la familia de Samu se convirtió en hombres lobos en el anterior libro. Promete ser una aventura también la mar de entretenida.
Con un lenguaje sencillo, fresco, ágil, no ha tenido problemas mi hija para devorar este libro en tres tardes. Y porque ahora es una época de año en que está disparatada, como buena niña que es, que si no, estoy segura que le hubiera durado menos. Y es que es un libro muy entretenido, muy dinámico, con capítulos cortos que terminan con la "intringulis" necesaria para querer continuar con el siguiente. Y también su éxito radica en la bonita y cuidada edición del libro. Son aspectos que hay que cuidar mucho cuando nos referimos al pequeño lector. Y en este sentido a este libro hay que ponerle un sobresaliente. En definitiva, un libro ideal para los lectores entre los nueve y los doce años aproximadamente.
¡Muchísimas gracias a la editorial Bruño por el ejemplar!

martes, 23 de junio de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo XLV y capítulo XLVI

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Capítulo XLV:

Empieza este capítulo con un tono humorístico:
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y confuso.
Y continúa en este mismo tono, al mencionar el nombre de la ínsula dada a Sancho:
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno.
Y Sancho, desde el principio, demuestra su personalidad, con orgullo. No quiere que lo llamen de "don", que nunca le han llamado de ese modo. 
-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo. 
Y todos están dispuestos a seguir burlándose de Sancho, pero éste demuestra sensatez e incluso sabiduría en sus primeros juicios.

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ''Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.

-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.

-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.

-De buena gana -respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la cárcel, y no haya más.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté; pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y, pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y, en viéndole Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos de oro?

-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría por tonto o por discreto. 

Capítulo XLVI:

Volvemos con don Quijote en este capítulo. Preocupado por el amor que cree que siente Altisidora por él, decide cantarle unos versos.

-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.
Los duques aprovechan la situación para burlarse de nuestro caballero de nuevo. Así, dejan que don Quijote recite sus versos:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta. 
Y justo al terminar su poema...
...desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sido inventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijote quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una región de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Creyó, de nuevo, don Quijote, que los hechiceros volvían a atacarle y se enfrentó a los gatos con todo su valor, pero de poco le sirvió.

Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces:

-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin, el duque se le desarraigó y le echó por la reja.

Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía con aquel malandrín encantador.
Y encima tuvo que aguantar que mientras era curado, Altisidora le dijera estas palabras a su oído:
-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro. 
Los duques terminan algo pesarosos, porque no pensaban que la burla terminara de ese modo. Y es que en ningún momento estos personajes piensan en las consecuencias de sus actos.

domingo, 21 de junio de 2015

Un beso de amigo de Juan Madrid

Un beso de amigo
Juan Madrid
Zeta Bolsillo,  2008 (1980)
Novela negra de la buena, castiza y con buenos toques de humor. La primera entrega de la serie dedicada a Toni Romano. En ella, el protagonista vive la transición democrática en Madrid, frecuentando los bajos fondos al tiempo que descorre el velo de la corrupción y del poder del dinero.

Llevaba ya tiempo queriendo leer a este autor y la yincana organizada por Kayena y Carmina me ha dado el empujón definitivo para coger alguno de sus libros de la biblioteca. Y elegí este primer libro protagonizado por Toni Romano. 

Y me ha gustado. Sí digo que lo hubiera disfrutado más si no hubiera enlazado tantas novelas negras seguidas y noto que empiezo a cansarme de tantos crímenes y de este mundo tan sórdido. Empiezo a necesitar algo más optimista. Pero sí, es un buen libro, con todos los ingredientes necesarios para una buena novela negra: asesinatos, mucha acción, la rubia despampanante, desapariciones... Y un personaje principal con mucha personalidad. Tony Romano es un exboxeador y expolicía. Ni siquiera Tony Romano es su verdadero nombre. Es el nombre con el que se le conocía cuando se dedicaba a dar puñetazos en el ring. Pero es mejor para su oficio de detective que su verdadero nombre, Antonio Carpintero. Y Tony Romano es un hombre seguro de sí mismo, confiado, que le gusta hacer las cosas a su manera. Que no se vende solo por dinero. Que le gusta evitar los problemas innecesarios. Realmente el caso que le ocupa en esta novela no es un caso que le guste, no quiere dedicarse a él, más bien es arrastrado por las circunstancias para ocuparse de él.  

Destaca esta novela también por su ambientación. Consigue el autor que retrocedamos en el tiempo y paseemos por el Madrid de finales de los 70 y  primeros años 80, esos años difíciles de la transición. En los que aún vive el miedo a Franco, en los que aún da miedo ver un uniforme de policía... 

Otro gran acierto es el estilo del autor, sencillo, directo, contundente. Apenas hay descripciones y cuando las hay ni sobran ni faltan palabras. Sí hay muchos diálogos, muy coloquiales, naturales, nada forzados. Y a través de ellos conocemos a los personajes que van apareciendo en esta novela.  

El ritmo es frenético en esta novela. En las primeras páginas ya el autor nos presenta a Toni Romano metido en faena, buscando a una joven desaparecida. Y a partir de ese momento la acción es continúa y no hay ni descanso ni momento para el aburrimiento hasta llegar a la última página.  

Me ha convencido Toni Romano. Tanto, que cuando descanse un poco del género, seguro que volveré a la biblioteca a seguir disfrutando de sus investigaciones, que también tiene unas pocas. 


jueves, 18 de junio de 2015

Africanus, el hijo del cónsul de Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul
Santiago Posteguillo
Ediciones B, 2008
A finales del siglo III a. C., Roma se encontraba al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Su alianza con Filipo V de Macedonia, que pretendía la aniquilación de Roma como Estado y el repartodel mundo conocido entre las potencias de Cartago y Macedonia, constituía una fuerza imparable que, de haber conseguido sus objetivos, habría determinado para siempre el devenir de Occidente. Pero el azar y la fortuna intervinieron para que las cosas fueran de otro modo. Pocos años antes del estallido del más cruento conflicto bélico que se hubiera vivido en Roma, nació un niño que estaba destinado a cambiar el curso de la historia: Publio Cornelio Escipión.

Con magistral precisión histórica y un excelente ritmo narrativo, Santiago Posteguillo presenta la historia de la infancia y juventud de Africanus, uno de los personajes más influyentes de Occidente.
Por fin me he estrenado con Santiago Posteguillo. Y desde luego ha superado todas mis expectativas, que estaban bastante altas.

Africanus, el hijo del cónsul es el primer libro de la trilogía que Santiago Posteguillo ha escrito sobre Publio Cornelio Escipión,  el único general romano que logró derrotar a Aníbal. Y a pesar de conocer el desenlace de la historia que nos cuenta, Posteguillo sabe captar toda nuestra atención y atraparnos entre sus páginas. La labor de documentación que el autor ha realizado es extraordinaria pero el verdadero mérito reside en que ha sabido plasmarla sin aburrir en ningún solo momento. Al contrario, resulta sumamente entretenido.

Uno de los grandes aciertos de este libro es el modo en que está contado. Así el autor va alternando capítulos protagonizados por los romanos y por los cartagineses, ofreciendo el punto de vista de ambos bandos. Aunque está claro que el protagonista es Publio Cornelio. En él están todas las virtudes. Quizás aquí está una de las partes que menos me ha gustado del libro. Que se nota la posición del autor y sus personajes son un tanto planos. Publio y su gente son muy buenos y  el resto muy malos... Así, Fabio Máximo es un malo muy astuto y cruel; Aníbal, un gran y vengativo estratega; la esposa de Publio es perfecta...

Pero esto no nos impide disfrutar de esta novela. Una novela que plasma a la perfección cómo era la vida de Roma en aquellos años, sobre todo, la vida política, llena de intrigas por el poder, de traiciones, de engaños... Porque el enemigo no estaba solo fuera de Roma, también estaba dentro. Y también tiene Posteguillo el acierto de contarnos como era la vida cultural en la ciudad en esos momentos a través de la figura de Tito Macio Plauto. Un personaje que, al principio nos va a descolocar un poco pero que luego termina captando todo nuestro interés, viendo todas las vicisitudes por las que tuvo que pasar hasta convertirse en el gran dramaturgo que fue.

Y están las batallas. Pero hasta estas escenas he disfrutado. Porque Posteguillo las describe muy bien. Sabemos en todo momento las estrategias de uno y otro y el autor consigue que visualicemos cada movimiento. Y tampoco se recrea durante mucho tiempo en estas escenas. Lo justo y necesario en este libro.

En definitiva, una gran novela. No os asuste el tocho que es. Una vez que la empiezas, es difícil soltar ya el libro. Y no solo resulta muy entretenido, sino que además aprendemos mucho de la historia de Roma. ¿Se puede pedir más?



martes, 16 de junio de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo XLIII y capítulo XLIV

http://bourbonstreet-porlomenix.blogspot.com.es/2015/01/reto-en-2015-leemos-el-quijote.html


Capítulo XLIII:

Continúa en este capítulo los consejos de don Quijote a Sancho. Demuestra así nuestro caballero que la locura solo le afecta en lo referente a asuntos de caballería. Introduce Cervantes aquí de nuevo el humor, y es que no podemos evitar la sonrisa cuando don Quijote le aconseja a Sancho que no haga más uso de los refranes y éste no puede evitar ensartar uno tras otro.

-También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.

-Eso Dios lo puede remediar -respondió Sancho-, porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener seso ha menester.

-¡Eso sí, Sancho! -dijo don Quijote-: ¡encaja, ensarta, enhila refranes, que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja.
(...)

¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

-Por Dios, señor nuestro amo -replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque, pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.

-Ese Sancho no eres tú -dijo don Quijote-, porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria que venían aquí a propósito, que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

-¿Qué mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares", y "a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder", y "si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que replicar, como al "salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer". Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que, es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga por él: "espantóse la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena. 
Capítulo XLIV:

Empieza este capítulo justificando Cide Hamete la inclusión de pequeñas novelas en la primera parte del Quijote, argumentando que resultaba aburrido hablar solo de don Quijote y Sancho. Y realza el valor de las mismas, ya que cree que no han tenido el valor que realmente merecen al estar el público lector más interesado en las andanzas de la pareja protagonista.

Tras esto, la trama vuelve de nuevo a Sancho, que marcha a gobernar su ínsula. El escudero reconoce en el mayordomo el rostro de la Dolorida, y así se lo dice a don Quijote. Y éste también lo reconoce, pero de nuevo le echa las culpas a esos hechiceros que siempre le persiguen.

-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo, implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.
Tras la marcha de Sancho, don Quijote se queda triste, rehusando incluso la compañía de las doncellas que la duquesa le ofrecía.
-Para mí -respondió don Quijote- no serán ellas como flores, sino como espinas que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude. 
Ya en su cuarto, solo, cuando al descalzarse se le rompe una media y no tiene hilo para coserla, don Quijote se lamenta. Y Cide Hamete aprovecha para hacer un alegato contra la pobreza:
Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ''¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé yo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte  dádiva santa desagradecida!

Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las tuviésedes"; y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza, que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas, y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto se echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos abiertos. Y prosiguió: ''¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!
Sin poder dormir por la tristeza y por el calor que hace, nuestro caballero abre la ventana y a sus oídos llega los comentarios de una doncella, Altisidora, quien declara haberse enamorado de nuestro caballero.
-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la incomparable firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años? Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y para todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespérese Madama, por quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra. 

domingo, 14 de junio de 2015

El alquimista impaciente de Lorenzo Silva


El alquimista impaciente
Lorenzo Silva,
Destino, 2010

Un cadáver desnudo, sin rastros de violencia, aparece atado a una cama en un motel de carretera. ¿Se trata o no de un crimen? El sargento Bevilacqua, atípico investigador criminal de la Guardia Civil, y su ayudante, la guardia Chamorro, reciben la orden de resolver el enigma.
La investigación que sigue no es una mera pesquisa policial. El sargento y su ayudante deberán llegar al lado oscuro e inconfesable de la víctima, a su sorprendente vida secreta, así como a las personas que la rodeaban, en su familia, en la central nuclear donde trabajaba. Y desentrañar un cada vez más complejo entramado de dinero e intereses que los llevará a varias ciudades. Pero la clave, como en la alquimia, está en la paciencia; la que necesitarán los investigadores y también la que les faltó, de uno u otro modo, a los personajes con los que se tropiezan en su búsqueda.
Una novela de corte policíaco que es mucho más que un relato de intriga, y en la que descubrir a la víctima es casi más importante que descubrir a su asesino. Como en los libros de Chandler y Hammett, no se trata de resolver un crimen como quien resuelve un acertijo, sino que hay que sumergirse en las circunstancias y personajes que rodean la muerte, en su trasfondo social.
Por fin logré hacerle hueco al segundo libro de la serie protagonizada por Bevilacqua y Chamorro. Y me ha gustado incluso más que el primero. Una historia bien narrada, con muchas trampas, con muchos giros en su trama, que hacen que estés pegada a sus páginas hasta el final. Pero lo mejor es su pareja protagonista. Tanto Bevilacquia como Chamorro están perfectamente dibujados. Incluso mejor que en su primera parte. Son personajes llenos de matices a los que vamos conociendo poco a poco y a los que vamos cogiendo cariño. Y vemos también como la confianza que el uno se tiene al otro va creciendo, así como la admiración y respeto. Aunque a veces discrepen en ciertas cosas, en ningún momento hay por parte de ninguno de ellos enojo o enfado. Hacen una pareja policial perfecta. Aunque hay momentos en los que parece jugar el autor a insinuar que podría haber entre los dos algo más... 

Y otro de los grandes aciertos de este libro es la actualidad de los temas que trata y las continuas reflexiones que a través de sus personajes nos va dejando. Arremete contra la lentitud del sistema judicial y la sobrecarga de trabajo que puede tener un solo juez, lo que le impide hacer bien su trabajo. Esto no nos suena... Como tampoco nos suena que la mujer de alguien corrupto diga no saber nada mientras el dinero entra en grandes cantidades en su casa...  
"Lo lamentable, Laura, es que hoy la gente no se corrompe por el poco dinero que hace falta para comer, ni tampoco por el mucho que hace falta para ser libre. Lo hacen siempre por sumas intermedias: las que sirven para comprarse un coche más grande, o una casa, o una lancha motora, o cualquier otra de las mierdas a las que la publicidad reduce el horizonte vital de tantos cretinos."
Perfecto me ha parecido también el final. No se saca nada de la manga del autor para revelarnos quién o quiénes han sido los autores del crímen y los motivos que han tenido para cometerlo. Y más me ha gustado que al final encontremos un capítulo con el mismo nombre que el título del libro y que explica el por qué de éste.

He disfrutado mucho de nuevo con este libro de Lorenzo Silva y desde luego me deja con ganas de seguir con esta serie. Cada vez me gusta más el personaje de Bevilacqua, con su mirada irónica y cínica de la vida. Y me gusta su forma de investigar,  con sus tropiezos, como en la vida misma, pero siempre perseverante.