Hay libros a los que volvemos porque nos fascinaron y queremos reencontrarnos con ellos. Y hay otros a los que volvemos porque, cuando tenemos delante una saga completa, pensamos: «Será mejor refrescar la memoria antes de continuar». Este ha sido un poco mi caso.
Ya conté en mi primera reseña que la ciencia ficción no es precisamente mi género. Aun así, recuerdo que Lágrimas en la lluvia, con sus luces y sus sombras, me gustó. Como ahora tengo los cuatro libros que forman la serie, decidí releer el primero antes de continuar. Y, curiosamente, lo he disfrutado más esta vez. Quizás porque ya sabía a qué me enfrentaba y porque, al conocer de antemano las reglas de este mundo, he podido centrarme más en la historia.
Uno de los grandes aciertos de Rosa Montero es precisamente el lugar donde decide situarla: Madrid. En una novela de ciencia ficción es habitual viajar a ciudades imaginarias o a grandes urbes que nos resultan lejanas. Aquí, en cambio, nos encontramos con un Madrid del año 2109 que, por mucho que haya cambiado, seguimos reconociendo. Y eso hace que ese futuro resulte mucho más cercano. Podemos imaginar sus calles, sus edificios, sus problemas... y quizá por eso también resulta más inquietante.
Pero si hay algo que sostiene la novela para mí es Bruna Husky.
Bruna es una replicante, creada para combatir y condenada a vivir con una fecha de caducidad desde el mismo momento de su nacimiento. Solo tiene diez años de vida. Y mientras seguimos su historia, esa cuenta atrás está siempre presente. El tiempo que se acaba, la fugacidad de la vida y la muerte se convierten así en una especie de sombra que acompaña constantemente a la protagonista.
Y es curioso que un personaje artificial pueda resultar tan humano.
Porque Bruna siente, recuerda, sufre, se rebela, tiene miedo a morir. Y, sobre todo, tiene recuerdos. Aunque en su caso sean recuerdos implantados, son precisamente esos recuerdos los que construyen su identidad, los que hacen que sea quien es. Y ahí aparece una de las preguntas que más me ha hecho pensar la novela: ¿Qué somos sin nuestra memoria?
Quizás por eso resulta tan fácil empatizar con Bruna y cogerle cariño. Y quizás por eso también angustia tanto verla avanzar hacia ese inevitable final.
La trama de investigación funciona bien y consigue combinar el componente de novela negra con el de ciencia ficción, aunque en algunos momentos he vuelto a tener la sensación de que determinadas situaciones están un poco forzadas y terminan rompiendo ligeramente el ritmo.
Y después está ese futuro que, en realidad, no parece tan futuro. Estamos en 2109, pero seguimos teniendo los mismos problemas. Desigualdad social, discriminación, luchas por el poder, manipulación y control de los medios de comunicación... Cambian la tecnología, las ciudades y la forma de vivir, pero nosotros seguimos tropezando con las mismas piedras.
No aprendemos. O quizá no queremos aprender.
Y ahí es donde la novela deja de ser solamente una historia de replicantes, detectives y conspiraciones para convertirse también en una reflexión sobre nuestra propia sociedad.
No diría que Lágrimas en la lluvia haya conseguido convertir la ciencia ficción en mi género favorito. Pero sí que esta segunda lectura me ha permitido disfrutar más de una novela que ya sabía que tenía sus defectos y que, aun así, tiene suficientes aciertos para que quiera seguir acompañando a Bruna Husky.

















