El hijo adoptivo
Álvaro Pombo
Anagrama, 1986
Álvaro Pombo
Anagrama, 1986
El protagonista absoluto de El hijo adoptivo es Francisco García Martínez, aunque casi siempre el autor se referirá a él como Pancho. Su madre ha muerto hace ya dos años cuando aparece en su casa un misterioso hombre que había trabajado para él como secretario hace años. Pancho no puede evitar sentirse culpable por su despido. Piensa que su madre le echó porque creyó percibir cierta relación homosexual entre ellos. Pero, ¿la hubo? Porque el escritor juega aquí a sugerir, sin confirmar nada.Esta es la historia de dos escritores más o menos orgullosamente inéditos, una madre ya difunta y su hijo Pancho, aislados en una decrépita casa de campo, en el norte de España, no lejos del mar, y atendidos por una anciana e insondable criada.Irrumpe el pasado, un pasado oscuro, en forma de la inesperada visita de un hombre que quince años atrás fue secretario de Pancho durante breve tiempo, hasta ser misteriosamente despedido por la madre. Poco después, un niño, hijo de ese hombre, se instala en el caserón... y las consecuencias de ese pasado empujan a la novela a un final trágico, irónico e insospechable.
El acierto de El hijo adoptivo no está en la historia en sí, sino en el modo en que está contada. En lo que cuenta y en lo que no cuenta, lo que calla... En discernir entre lo real y lo ficticio, dónde empieza la realidad de Pancho y dónde la historia escrita. Su madre, escritora, creo una historia de la infancia de Pancho. Una historia que había pasado desapercibida a los ojos de Pancho hasta ahora. Y que le va a provocar muchas dudas sobre sus orígenes. ¿Fue él un hijo adoptivo? ¿Se repite ahora la historia al adoptar al hijo de su secretario? La última novela escrita por su madre se parece mucho a la vida de ella con su hijo. ¿Está ya su historia escrita? ¿Puede cambiarla? ¿Tiene control sobre su vida o es un simple personaje? El aislamiento en el que tanto Pancho como su madre han vivido durante años ha hecho que les cueste discernir entre vida y escritura.
Escribo, luego existo. Luego existe un mundo irrevocable por obra y gracia de mis palabras, de la palabra, del verbo que se hace carne y habita entre nosotros.
No sé si puedo decir si me ha gustado... Lo que sí puedo afirmar es que indiferente no me ha resultado. Es una lectura que necesita de todos sus sentidos alerta, porque no tiene desperdicio cada frase, cada escena. Y se puede sacar mucho jugo de cada una de ellas. De esas novelas que, estoy segura, salen ganando con una segunda lectura.
Recordaba yo una y otra vez cómo me decía, siendo aún yo muy joven, que la publicidad no añade nada a los libros; ni siquiera la presencia potencial de un lector, puesto que gran parte de los libros que se editan nunca se leen; que lo único que añadía era, al escritor, una aureola de vanidad ilusionada, un creerse alguien por el mero hecho de haberse vuelto accesible a todos, aunque no tuviera nada en concreto que decir a ninguno en particular y aunque no conociese a nadie. "Es una ilusión de realidad lo que buscamos, una ilusión de sustancia; no una efectiva comunicación": frases así, recordaba yo, eran corrientes en la conversación de mi madre.
