Carson McCullers
Traductora: María Campuzano
Seix Barral, 2001 ( 1941)
Tras el éxito obtenido con El corazón es un cazador solitario a la temprana edad de veintitrés años, Carson McCullers escandalizó a la opinión pública americana con Reflejos en un ojo dorado, abordando, en esta su segunda novela, temas como la homosexualidad, la infidelidad o la desolación en el contexto de una intachable i
Primera novela que leo de Carson McCullers y tengo que empezar diciendo que me ha gustado aunque no tanto como esperaba. A pesar de ver muchas cosas buenas me ha faltado algo para que la historia llegue a llenarme.
Ambientada la novela dentro de un fuerte militar del Sur de Estados Unidos, nos encontramos con varias historias que nos van a presentar a personajes atormentados, complejos...Personajes difíciles de comprender. Tenemos al capitán Penderton, que no soporta a su esposa Leonora, quien parece coquetear con todos. Sus deseos son otros, su pasión se dirige hacia otra persona, hacia el soldado Williams. Pero son tiempos en los que aún tiene que mantener reprimido sus deseos, su inclinación... Oculto a todos, salvo a sí mismo. El soldado en quien se fija es en su mujer, en Leonora. Por un descuido logra verla desnuda un día y se convierte en su obsesión. Aunque las palabras de su padre condenando el sexo femenimo, no se van de su cabeza. Y es lo que marca su relación con las mujeres. Tanto Penderton como Williams parecen hacer uso de la violencia como medio de desahogo. No pueden expresar lo que realmente sienten, no pueden ser como realmente quieren ser. Y solo encuentran satisfacción usando la violencia.
“Hay ocasiones en que la mayor necesidad de un hombre es tener a quién amar, un punto en el que centrar sus emociones difusas. También hay oportunidades en que las iras, frustraciones y temores de nuestra vida, inquietos como espermatozoides, deben ser expulsados en forma de odio. El infeliz Capitán no tenía a quién odiar y durante los últimos meses se sentía desgraciado”.
A Leonora le falta un puntito de inteligencia. Lo que parece sobrarle es belleza. Y quizás por no encontrar el marido que esperaba, le pone los cuernos con un amigo de éste, Morris. Aunque parece que es una relación consentida tanto por el capitán como por la esposa del amigo, Alison.
Dos personajes que parecen no pertenecer a este ambiente es precisamente Alison y su criado filipino, Anacleto. Dos personajes que parecen no cuadrar en el ambiente en que se desarrolla la novela. Además, Alison aún está traumatizada por la muerte de su hijo. Su mente aún no lo ha superado. Y parece que es su criado la única persona en quien confía, en quien se apoya.
Y con estos personajes la tragedia se ve venir. McCullers es una maestra creando una atmósfera cada vez más inquietante, cada vez más opresiva. Una atmósfera en la que el odio cada vez va adquiriendo mayor protagonismo. Y aunque me haya faltado algo, que no sabría decir qué es, para darle un diez a esta novela, sí es cierto que necesitaba saber cómo terminaba esta historia y no podía despegarme de sus páginas.
“Se sentía flotar libre de toda atadura humana mientras llevaba dentro de él la imagen del joven solado, del mismo modo que una bruja llevaría en su seno algún poderoso amuleto. En aquellos momentos experimentaba una vulnerabilidad particular. A pesar de sentirse aislado de los demás, lo que veía durante esos paseos adquiría una importancia desproporcionada ante sus ojos. Todo aquello con lo que tomaba contacto, aún los objetos más triviales, parecía tener un sentido misterioso relacionado con su destino. Había llegado a perder su antigua facultad para la clasificación instintiva de las diversas impresiones sensoriales según sus valores relativos… Tampoco intentaba ya justificar el estado emocional que se había apoderado de él. Cuando pensaba en el soldado no lo hacía en términos de amor o de odio; sólo tenía conciencia de su irresistible deseo de romper todas las barreras que existían entre ellos”…
