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jueves, 23 de junio de 2011

El abanico de seda de Lisa See


Fue sólo leer las primeras páginas y darme cuenta de que este libro iba a ser muy especial. Un libro que me iba a hacer buscar cualquier rato para disfrutar de su lectura. Un libro que me iba a hacer muchas veces ir hacia atrás y releer algunas de sus bellas y líricas páginas. Una pequeña joya.
El abanico de seda es un libro hermoso, pero a su vez está lleno de imágenes tristes y dolorosas. Hay páginas que no son fáciles de leer. Y es que en este libro Lisa See refleja la dura vida de la mujer china en el siglo XIX, una época en la que la mujer debía ser absolutamente sumisa y obedecer en todo al hombre, ya fuera su padre, su suegro o su hijo. En este contexto, la autora crea una preciosa historia de amistad entre dos mujeres, Lirio Blanco y Flor de Nieve. En una época en la que los sentimientos femeninos carecen de importancia, estas dos mujeres encontrarán en el nu shu, un lenguaje secreto exclusivamente femenino, una vía de escape para dar rienda suelta a sus sentimientos. Y es que para eso fue creado el nu shu. Ya fuera bordado en abanicos, en telas o cantados, a través del nu shu, la mujer china revela todo un mundo de sentimientos y, sobre todo, de resignación. 

Este es un libro que nos va a emocionar, que nos va a causar, en muchos momentos, dolor. Y lo hace desde la primera página, en la que Lirio Blanco, ya anciana, cuando ya toda su familia y sus amigos han muerto y, por tanto, sus palabras no pueden causar daño a nadie, decide contarnos su vida. Es su forma de pedir perdón a Flor de Nieve, su laotong, su alma gemela. Ambas lo eran desde los 7 años por decisión de sus familias. Y este vínculo, esta unión es incluso más fuerte que el propio matrimonio. Es una unión de almas que dura toda la vida. Y en esta relación, el abanico tiene un papel fundamental. En él plasmarán continuamente, en nu shu, sus sentimientos, sus alegrias, sus frustaciones, sus sufrimientos... Hasta que una mala interpretación hace resquebrajarse esa unión. 

Impresionante las páginas en las que la autora nos relata el proceso de vendaje de los pies de las niñas. No podemos evitar sufrir con ellas, sentir su dolor en cada pisada, sentir hasta su resignación. Ya que ellas mismas saben que cuanto más pequeños fueran sus pies, mejor posición social podrían alcanzar.


"... La niña es muy hermosa, desde luego, pero los lotos dorados son más importantes que un rostro agraciado. Una cara bonita es un don del cielo, pero unos pies diminutos pueden mejorar la posición social."



 Este era el primer paso para convertirse en una mujer virtuosa:

"Entendía  asimismo los dos ideales confucianos que gobernaban nuestra vida. El primero lo formaban las  Tres Obediencias: "Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuande seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo." El segundo correspondía a las Cuatro virtudes, que definen el comportamiento, la forma de hablar, el porte y la ocupación de las mujeres. "Sé sobria, comedida, sosegada y recta en tu actitud; sé serena y agradable en tus palabras; sé contenida y exquisita en tus movimientos; sé perfecta en la artesanía y el bordado." Si las niñas no se apartan de esos principios, se convierten en mujeres virtuosas." 


El final es sobrecogedor. La historia de amor entre Lirio Blanco y Flor de Nieve tiene un final triste. Y es que el ascenso en la escala social de Lirio Blanco la convierten cada vez en una mujer más exigente. Exigente incluso con su laotong, aunque parece no darse cuenta. Y de esto es de lo que la propia Flor de Nieve se culpa: de no haberse dado cuenta de que sus exigencias llevaron poco a poco a Flor de Nieve a ese trágico desenlace.  Muy emotivo también el final en que las amigas de Flor de Nieve acusan a Lirio Blanco por haber exigido continuamente a su laotong que se comportara como una mujer virtuosa: que obedeciera a su marido, pese al continuo maltrato al que la sometía, que obedeciera a su suegra, a pesar de que ésta la despreciaba, que intentara otra vez tener un hijo varón cada vez que abortaba... En definitiva, por exigirle lo mismo que los hombres exigían a las mujeres, por asumir con tanta resignación ese trágico sino destinado a la mujer.

No puedo sino recomendar la lectura de este libro. Emotiva, desgarradora, triste, la historia de amor tan especial entre estas dos almas gemelas te atrapa desde la primera página y ya no serás capaz de soltar esta gran novela.

 Foto: http://www.escalofrio.com/n/cur_pies_vendados/02.jpg
         http://www.escalofrio.com/n/cur_pies_vendados/04.jpg

martes, 21 de junio de 2011

Fragmento de El abanico de seda



Su cuento preferido era «La historia de la mujer que tenía tres hermanos». Las niñas no lo sabían entero y no pidieron a mi madre que dirigiera las preguntas y respuestas, aunque ella había memorizado casi todo el texto. En cambio, suplicaron a mi tía que las guiara a lo largo del relato. Luna Hermosa y yo nos unimos a sus ruegos, porque el cuento —fascinante y verídico, trágico y cómico al mismo tiempo— era una buena manera de practicar los cantos relacionados con nuestra escritura secreta.
 
La historia se la había regalado a mi tía, bordada en un pañuelo, una de sus hermanas de juramento. Mi tía sacó el trozo de tela y lo desdobló con cuidado. Luna Hermosa y yo nos sentamos a su lado para ir leyendo los caracteres bordados mientras ella recitaba.

—Érase una vez una mujer que tenía tres hermanos —comenzó mi tía—. Todos tenían esposa, pero ella no estaba casada. Pese a que era virtuosa y trabajadora, sus hermanos no querían ofrecer una dote. ¡Qué desgraciada se sentía! ¿Qué podía hacer?

Mi madre contestó:

—Está tan triste que sale al jardín y se ahorca en un árbol.

 Luna Hermosa, mis dos hermanas, las hermanas de juramento y yo entonamos a coro:

—El hermano mayor recorre el jardín y finge no verla. El hermano mediano recorre el jardín y finge no ver que su hermana está muerta. El hermano pequeño la ve, rompe a llorar y se lleva el cadáver a la casa.

Desde el otro lado de la habitación, mi madre levantó la cabeza y me sorprendió observándola. Entonces sonrió, satisfecha quizá de que no me hubiera dejado ninguna palabra.
 
Mi tía continuó con la historia:

—Érase una vez una mujer que tenía tres hermanos. Cuando murió, nadie quiso ocuparse de su cadáver. Pese a que había sido virtuosa y trabajadora, sus hermanos no cuidaron de ella. ¡Qué crueldad! ¿Qué ocurrirá?

 —La desatienden cuando está muerta igual que cuando estaba viva, hasta que su cadáver empieza a oler mal —dijo mi madre.

  Una vez más, las niñas recitamos las frases que sabíamos de memoria:

—El hermano mayor da un trozo de tela para tapar su cadáver. El hermano mediano da dos trozos de tela. El hermano pequeño la envuelve con toda la ropa que encuentra para que no pase frío en el más allá.

—Érase una vez una mujer que tenía tres hermanos —prosiguió mi tía—. Ya está vestida para el más allá, pero sus hermanos no quieren gastar dinero en un ataúd. Ella era virtuosa y trabajadora, pero sus hermanos son tacaños. ¡Qué injusticia! ¿Encontrará algún día descanso la mujer?

—Sola, completamente sola —entonó mi madre—, errará convertida en fantasma. Mi tía nos guiaba señalando con un dedo los caracteres y nosotras intentábamos seguirla, aunque nos costaba reconocerlos todos.

—El hermano mayor dice: «No hace falta que la enterremos en un ataúd. Ya está bien como está.» El hermano mediano dice: «Podríamos enterrarla en esa caja vieja que hay en el cobertizo.» El hermano menor dice: «Éste es todo el dinero que tengo. Con él compraré un ataúd.»

Cuando nos acercamos al final, el ritmo de la historia cambió. Mi tía cantó:

—Érase una vez una mujer que tenía tres hermanos. Esto es lo que han hecho, pero ¿qué será de la hermana ahora? El hermano mayor es malo; el hermano mediano, cruel; pero el amor podría prender en el hermano menor. 

Las hermanas de juramento dejaron que Luna Hermosa y yo termináramos el cuento.

—El hermano mayor dice: «Enterrémosla aquí, junto al camino de los carabaos.» (Donde la pisotearían eternamente.) El hermano mediano dice: «Enterrémosla bajo el puente.» (Donde el agua se la llevaría.) El hermano menor, el único que tiene buen corazón, dice: «La enterraremos detrás de la casa para que todos la recuerden.» Al final la hermana, que había tenido una vida desgraciada, halló gran felicidad en el más allá.

Me encantaba esa historia. Era divertido recitarla con mi madre y las demás, pero después de la muerte de mi abuela y mi hermana entendía mejor los mensajes que encerraba. El relato me enseñaba que una muchacha -o una mujer- podía tener un valor diferente para cada persona. También ofrecía instrucciones prácticas sobre cómo atender a los difuntos: cómo tratar el cadáver, qué prendas ponerle para que emprendiera el viaje a la eternidad, dónde enterrarlo. Mi familia había hecho todo lo posible por seguir esas normas, y yo también lo haría cuando me convirtiera en esposa y madre.

Foto: http://espanol.cri.cn/mmsource/images/2007/08/15/1180495682494.jpg