Leonaro Padura.
Tusquets, 2013
En 1939, el barco S.S. Saint Louis, con novecientos judíos que lograron huir de Alemania, estuvo fondeado varios días frente al puerto de La Habana a la espera del permiso para los refugiados. El niño Daniel Kaminsky y su tío esperaron en el muelle a que desembarcaran sus familiares, confiados en que usaran ante los funcionarios el tesoro que portaban a escondidas: un pequeño lienzo de Rembrandt que perteneció a los Kaminsky desde el siglo XVII. Pero el plan fracasó y el barco regresó a Alemania, llevándose con él toda esperanza de reencuentro. Muchos años después, en 2007, la noticia de que ese lienzo se subasta en Londres, provoca que el hijo de Daniel, Elías, decida viajar a La Habana desde Estados Unidos para aclarar qué sucedió realmente con el cuadro y su familia. Sólo alguien como el Conde puede ayudarle en la misión. Y en los encuentros y las conversaciones sabremos que Daniel decidió cambiar radicalmente de vida y que le atormentaba un crimen. También que ese cuadro, una imagen de Cristo, tuvo como modelo a otro judío, que en la Ámsterdam del siglo XVII rompió todas las convenciones de clase y de religión para trabajar en el taller de Rembrandt y aprender a pintar con el maestro.
Me cuesta hacer esta reseña. No va a ser negativa, pero tampoco va a ser todo lo positiva que hubiera deseado. Y empecé bien su lectura. Tiene una primera parte muy interesante, basada en la historia de ese barco que tuvo que regresar a Alemania desde Cuba con más de novecientos judíos en él. Esperaban encontrar la libertad y volvieron a la prisión. ¿Qué pasó? ¿Y qué ocurrió con ese lienzo de Rembrandt que viajaba también en el barco sin que nadie lo supiera? Un cuadro que estaba destinado a servir de salvoconducto pero que nunca pudo ser usado. Y del que no se supo nada hasta que muchos años después es subastado en Londres. ¿Cómo llegó allí? Eso es lo que tendrá que averiguar el detective Mario Conde a petición de Daniel Kaminsky, ese niño que se quedó en el puerto de La Habana, esperando a sus padres, que nunca pudieron llegar. Y este hecho provocó una fuerte crisis en su fe. ¿Cómo creer en un Dios que permitió un acto tan terrible? Afortunadamente contaba con tu tío, que lo crió como si fuera su hijo. Pero no bastó. Tiene que saber qué pasó con sus padres, y cómo ese cuadro acabó en esa subasta. Y necesita limpiar también el nombre de su padre, involucrado en un crimen, que no sabe si cometió o no... Una historia complicada pero muy bien contada. Esto es lo que más me ha sorprendido a lo largo de toda la novela. La belleza de la prosa de Padura, que no decae en ningún momento. Increíble cómo escribe este hombre.
Pero no se queda aquí la historia. En una segunda parte, Padura nos lleva a Amsterdam retrocediendo hata el siglo XVI, para contarnos toda la historia que gira en torno a ese cuadro. Grandísimo el trabajo de investigación realizado por el autor para hablarnos tanto de la vida de Rembrandt como de esa comunidad de judíos que tuvieron que salir huyendo de España y Portugal, instalándose en Amsterdan, donde consiguieron vivir en paz. Gran trabajo, sí, pero es cierto que en esta parte Padura se detiene hasta en el más nimio detalle y las descripciones son largas y pormenorizadas ralentizando muchísimo el ritmo de la acción.
Y aún queda más. Aún Padura nos regala otra parte en la que vuelve a La Habana, a la actualidad, para concluir la historia de Daniek Kaminsky y para ver metido a Mario Conde en otro caso, la desaparición de una joven emo, historia que aprovecha el autor para realizar una exhaustiva descripción de la sociedad cubana, de su corrupción, de la falta de libertad, de la falta de oportunidades, de la dictadura que oprime al pueblo. Pero admito que en esta parte me fui totalmente de la historia. Quizás como novela independiente la hubiera disfrutado más, pero aquí creo que poco le ha aportado a la novela. Al menos en mi opinión. Se me ha hecho larga y repetitiva y desconecté totalmente, a pesar de esa prosa exquisita del autor.
En conclusión, una novela que me ha gustado a ratos sí, a ratos no. Para mí ha ido de más a menos. Con bastantes páginas menos hubiera sido una novela redonda, al menos para mi gusto. Eso sí, hacía tiempo que no leía una prosa tan rica, tan llena de matices, tan trabajada. No me importaría repetir con el autor.
