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miércoles, 18 de mayo de 2016

Novelas ejemplares I de Miguel de Cervantes

Novelas ejemplares I
Miguel de Cervantes,
Ediciones Cátedra, 1992


Me apunté a principios de año al reto que Carmen propuso de leernos las Novelas ejemplares. Pero sólo he logrado cumplir el plazo con la primera novela y porque es la que me tocó reseñar. Este año soy un desastre total. Pero ahí, poquito a poquito y a mi ritmo, entre lecturas y lecturas, voy colando una de estas novelitas y las cuatro primeras ya están leídas. 

La primera novela es La gitanilla, que ya está reseñada en el blog, así que pasamos directamente a la segunda, El amante liberal. Aquí, la acción predomina sobre todo lo demás. Las aventuras se suceden una tras otra casi sin parar. Presenta el esquema típico de las novelas bizantinas, en el que una pareja joven, Leonisa y Ricardo, guapos ambos, virtuosos también, pasarán por muchas calamidades, aventuras, separaciones, raptos, cautiverios... De todo, les pasa de todo. La única diferencia con respecto a la novela bizantina es que, en este caso, Leonisa, no está enamorada al principio de Ricardo. Él sí, pero sabe que el amor de Leonisa se dirige a otro y lo respeta. Pero eso no le impedirá demostrar a Leonisa toda su valía, todas sus virtudes, todos sus méritos. Hasta el final no sabremos si Leonisa cambia de opinión respecto a Ricardo o no. Porque él nunca le obligará a nada. Respetará su decisión. No le exigirá nunca su amor. Es la principal diferencia de la obra de Cervantes con respecto a libros anteriores. La dama no es un simple objeto, no es sólo la recompensa que obtiene el caballero tras sus luchas. Ella también tiene derecho a opinar, a elegir. Ella es libre, igual que él. Y decide. 

La siguiente novela es Rinconete y Cortadillo. Rinconete y Cortadillo son dos muchachos de apenas quince años que se enfrentan ya solos a la vida. Y persiguen la aventura, pero también dinero. Que hay que vivir. De nuevo Cervantes introduce en sus historias el mundo del robo. Y en este caso lo que nos va a enseñar son las diferentes clases de ladrones que hay. La historia se desarrolla en Sevilla, ciudad en la que nuestros protagonistas aprenderán que también en el mundo de la delincuencia hay un código que respetar, unas normas que cumplir. Que la libertad que ellos ansían, en esta vida tampoco la encuentran. Que no pueden saltarse estas reglas sin estar en peligro. Así que decidirán marchar de esta ciudad, para recuperar su libertad. Humor, ironía y sarcasmo están presentes en estas páginas. 

La española inglesa es la última historia.  Y es la que más me ha gustado. Quizás porque es la menos me ha costado seguir el hilo. En las dos anteriores a veces me he ido de la historia, lo reconozco. Pero ésta me ha resultado más fácil. Trata de una niña, Isabela, que es raptada por los ingleses cuando éstos saquearon Cádiz. Será  Clotaldo quien decida llevársela a Londres, junto a su familia. Una familia católica en una Inglaterra protestante. Su religión tendrán que mantenerla en secreto si no quieren tener problemas. Su hijo, Ricaredo, terminará enamorado de Isabel,  y ella de él. Y serán mucho los obstáculos que tendrán que superar para lograr terminar juntos. Porque, como siempre, no lo tendrán fácil. Él, como siempre, tendrá que hacer méritos ante su amada y ante la Corte. Y ella, hasta que sus orígenes no sean descubiertos, no podrá entregar su amor. Y antes de llegar a este final, Ricaredo será raptado por los turcos (como lo estuvo Cervantes); Isabela, envenenada... Un culebrón...
http://carmenyamigos.blogspot.com.es/2015/12/reto-cervantino-2016.html


En definitiva, sigue siendo un placer leer a Cervantes, aunque a veces me cueste coger el hilo. Pero me gusta su ironía, su forma de reflejar la realidad de su época, la crítica que en ocasiones realiza de la sociedad en que le ha tocado vivir... Merece mucho la pena acercarse a Cervantes y a su obra. Ahora me toca continuar con el segundo tomo de sus Novelas ejemplares.

viernes, 12 de febrero de 2016

Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes

Toda la historia del Quijote gira en torno a tres salidas de los personajes: dos salidas en la primera parte y una en la segunda. Y todas ellas tienen la misma estructura: marcha, sucesión de aventuras y retorno a su casa. 

La primera salida abarca los cinco primeros capítulos. Cinco capítulos que han llevado a pensar a muchos que la primera intención de Cervantes era crear una novela corta, quizás una "novela ejemplar". En estos capítulos no hay interrupciones. Todo sucede con rapidez. Nuestro caballero parte en busca de aventuras, las encuentra y regresa tristemente derrotado. Pero parece que Cervantes se da cuenta de que la trama merecía un mayor desarrollo y a partir de ese momento se dedicó a introducir también otras historias como la de Marcela, o la de Cardenio y Dorotea, o la del cautivo... Y también grandes discursos, como el de la Edad de Oro, o el de las Armas y las Letras.

Pero esto sucede en la primera parte. Porque en la segunda, Cervantes tiene en cuenta el gusto de su público, al que parece no haberle agradado tantas interrupciones en la historia de don Quijote y Sancho. Así que en esta ocasión se va a centrar en estas dos figuras.

Curiosa resulta también la forma de narrar del autor. Al principio nos encontramos con un narrador omnisciente, que conoce las andanzas de nuestra pareja por diversas crónicas que hay de ellos. Pero luego hace un inciso para decirnos que lo que realmente está haciendo es traducir la historia de un sabio moro, al que llama Cide (señor) Hamete Benengeli (Berenjena)... Serán varias las ocasiones en las que detenga la narración para referirse a los problemas que tiene para traducir el texto y también aprovechará algunos momentos para expresar su propia opinión sobre los acontecimientos, casi siempre en clave de humor. 

Siempre se ha dicho que la principal intención del Quijote es ridiculizar los libros de caballería. Pero creo que Cervantes no se queda solo en esto. Cervantes no parodia la novela de caballería. Parodia la mala novela de caballería. No en vano, en la famosa escena de la quema de los libros, salvará del fuego el Amadís de Gaula, a la que considera la mejor novela de caballería. Y es que a Cervantes lo que no le gusta es en lo que este género se está convirtiendo. Y no sólo éste. Porque a través de las historias que intercala, también critica la novela pastoril, la morisca... Sólo salva las primeras, las originales, las que han aportado algo, las precursoras. Y arremeterá contra sus seguidores, con las que sólo saben aprovecharse del éxito, las que se limitan a copiar la fórmula sin aportar nada, sin una mínima calidad literaria...

Don Quijote... Un personaje que empieza la novela como un loco. Un loco por culpa de las novelas de caballería. En ellas encuentra lo que su vida anodina no le da: amor, acción, aventuras... Pero es un loco con "juicio", es un loco sensato. Incluso sus locuras las argumenta bien. Y las acompaña en muchas ocasiones con reflexiones, con discursos tan brillantes que, en muchos momentos no podemos más que admirarle. Don Quijote se va ganando nuestro cariño, nuestro aprecio, poco a poco. Porque todos sus actos, hasta los más locos, sólo persiguen la justicia, sólo persiguen el bien. Por eso nos duele cuando empiezan a burlarse de él, a engañarle, sobre todo en la segunda parte. Y nos duele cuando lo vemos herido en su orgullo, cuando su mundo empieza a caer.

Y Sancho, su compañero fiel. Siempre se le ha mostrado como la figura totalmente opuesta a don Quijote. Pero no es realmente así. Sí, él ve molinos en vez de gigantes; él ve vino donde su amo ve sangre... Y a pesar de eso, cree en el mundo de don Quijote, cree en sus promesas, en sus palabras. Llegará a creer que será gobernador de una ínsula... Sí, se da cuenta de la locura de su amo, a veces hasta se aprovecha de él y de su ingenuidad, pero él también es otro ingenuo. U otro loco. Porque a pesar de todo, siempre creerá en don Quijote.

Además, es mucho tiempo el que pasan juntos y uno y otro se van influyendo. Aprenderá mucho Sancho de su amo, pero también éste aprenderá de su escudero. Y será al final Sancho quien anime a don Quijote a seguir buscando aventuras. Quien cuando vea a su amo triste y sin fe, intente que siga con esa vida que es la única que le motiva, que es la única que le hace mantenerse en pie. 

Don Quijote y Sancho. Ellos hacen grande esta novela. Dos personajes tan bien perfilados, elaborados con tanto mimo, con tanto detalle, con tanto cariño... Que resulta imposible no quererlos, no sentir sus alegrías, no sentir sus desengaños... Dos personajes inolvidables. Dos personajes que hacen que leer esta novela sea todo un placer.



lunes, 25 de enero de 2016

La gitanilla de Miguel de Cervantes

Novelas ejemplares I
Miguel de Cervantes,
Ediciones Cátedra, 1992

El reto que Carmen ha propuesto para este año me ha venido muy bien, que tras releer el Quijote, tenía ganas de releer las Novelas ejemplares de Cervantes. Que también guardo un grato recuerdo de ellas. 

Me ha tocado abrir este reto, que es quizás con lo que no he acertado. Que este mes no anda mi cerebro muy fino, preocupado en otras cosas. Y he tardado en ponerme con la reseña. Porque la lectura la terminé ya hace unos días pero otra cosa ha sido ponerme frente al papel en blanco. Cuando las palabras no quieren salir... 

Y desde luego no puedo echarle la culpa a La gitanilla. Que he disfrutado mucho con esta historia. Y puedo decir como la primera vez, porque apenas recordaba nada de ella. 

Su comienzo puede engañarnos, porque parece que nos vamos a encontrar con una historia de gitanos ladrones. Pero pronto Cervantes cambia la situación y nos ofrece una historia de amor, la que surge entre la gitana llamada Preciosa y el noble Juan de Cárcamo. 

Cervantes nos presenta a Preciosa como una muchacha de gran belleza, inteligencia y agudeza, que encandila a todos.
"la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana."
Ya en esta presentación nos da las claves para la resolución de esta historia. 

Por otro lado está Juan de Cárcamo, joven noble que cae rendido ante los encantos de Preciosa. Y que estará dispuesto a todo para conseguir su amor, incluso a vivir como un gitano. Y su amor será correspondido. También Preciosa llegará a sacrificarse por él.

Nos encontramos, por tanto, con dos personajes bastante idealizados. Son dos personajes absolutamente perfectos, tanto que pueden llegar a ser poco creíbles, pero están tan bien retratados, tan bien descritos, tan bien plasmados, que poco nos importa esto. 

http://carmenyamigos.blogspot.com.es/2015/12/reto-cervantino-2016.htmlY si viene además acompañado de una detallada descripción de los ambientes y escenarios en los que se desarrolla la historia, resulta aún más fácil meterse de lleno en ella. 

Una historia en la que encontramos amor, celos, pasiones, venganzas e incluso una "sorpresa" final. Con  todos estos elementos, esta pequeña novelita se lee en un santiamén. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXXIII y capítulo LXXIV

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Capítulo LXXIII:

Malos augurios son los que tiene don Quijote cuando llega al pueblo.
A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las eras del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:

-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida.

Oyólo don Quijote, y dijo a Sancho:

-¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver en todos los días de tu vida''?

-Pues bien, ¿qué importa -respondió Sancho- que haya dicho eso el mochacho?

-¿Qué? -replicó don Quijote-. ¿No vees tú que, aplicando aquella palabra a mi intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?
Menos mal que ahí está Sancho para recordarle que fue él mismo quien le dijo que no había que hacer caso de estos. Y lo mismo dice la Iglesia.
-He aquí, señor, rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que ver más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes de antaño. Y si no me acuerdo mal, he oído decir al cura de nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas niñerías; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros. Y no es menester hacer hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos en nuestra aldea.
Y aparece ya Teresa, la mujer de Sancho, para recibirle, algo decepcionada al principio, al no verle vestido como gobernador. Pero más contenta después al ver el dinero que su marido había ganado. 

 Don Quijote entra en su casa, contándole al cura y al bachiller cuáles son sus propósitos a partir de este momento. Dejará durante un año la vida como caballero.Y durante ese año emprenderá una vida pastoril...
Don Quijote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su vencimiento, y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en un átomo, bien así como caballero andante, obligado por la puntualidad y orden de la andante caballería, y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más importantes, quisiesen ser sus compañeros; que él compraría ovejas y ganado suficiente que les diese nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de aquel negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don Quijote que él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.
Pero no convencerá a su sobrina, que le desaconsejará esta vida. Pero con el fin de su vida caballeresca, la salud parece perder don Quijote... 
Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta años que tengo de edad: estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ánima si mal le fuere.

-Callad, hijas -les respondió don Quijote-, que yo sé bien lo que me cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra.

Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.
Capítulo LXXIV:

Don Quijote cae enfermo. Parece que sin un propósito en su vida, su cuerpo se niega a vivir. Todos intentar animarle, pero en vano.
Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas. (...) Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan.
Tras estas palabras del médico, pide don Quijote que lo dejen solo para dormir un poco. Y cuando despierta, las primeras palabras de nuestro caballero son de agradecimiento a Dios. Por perdonarle sus pecados, por haberle devuelto la  razón. Reniega de los libros de caballería, de lo que le han hecho.
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino. 
 Y nada le hará ya cambiar de opinión. Más ahora que sabe que poco tiempo le queda de vida.
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos.

-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.
 Grandes son las palabras de Sancho.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.
 Porque cuando su amo tenía sus ideales caballerescos, cuando tenía un propósito en esta vida, siempre luchó. Pero ahora, sin un fin, se rinde, sin luchar. Habrá recobrado la razón, pero sus ganas de luchar las ha perdido. Entonces... ¿cuándo está más loco?

 Y llega el fin. Muere don Quijote. Muere Alonso Quijano el bueno. Me quedo con los dos últimos versos del epitafio escrito por Sansón Carrasco.

Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXXI y capítulo LXXII

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Capítulo LXXI:

En este capítulo don Quijote sigue mostrándose triste, por haber sido vencido y obligado a abandonar su condición de caballero. Pero también contento, al creer realmente en el poder de Sancho para desencantar a Dulcinea.  Pero como Sancho se lamenta por no haber cobrado nada desencantando a Altisidora, don Quijote sí estará dispuesto a pagarle. Y ahí verá el escudero el negocio del siglo. Porque ahora sí Sancho estará dispuesto a darse los azotes si don Quijote le paga. Pero nuestro Sancho, que de tonto no tiene un pelo, no se dará los azotes. Será la flora del lugar la que sufra los azotes de Sancho. Y engañará a nuestro caballero. Un poco egoísta se muestra Sancho en esta parte.
Hasta seis o ocho se habría dado Sancho, cuando le pareció ser pesada la burla y muy barato el precio della, y, deteniéndose un poco, dijo a su amo que se llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos ser pagado a medio real, no que a cuartillo.

-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don Quijote-, que yo doblo la parada del precio.

-Dese modo -dijo Sancho-, ¡a la mano de Dios, y lluevan azotes!

Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, con unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno dellos se le arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le dijo:

-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece muy áspera esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en un hora. Más de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado: bastan por agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas no la sobrecarga.

-No, no, señor -respondió Sancho-, no se ha de decir por mí: "a dineros pagados, brazos quebrados". Apártese vuestra merced otro poco y déjeme dar otros mil azotes siquiera, que a dos levadas déstas habremos cumplido con esta partida, y aún nos sobrará ropa.

-Pues tú te hallas con tan buena disposición -dijo don Quijote-, el cielo te ayude, y pégate, que yo me aparto. 

Capítulo LXXII:

En la venta están Sancho y don Quijote. Resulta curioso que en esta segunda parte don Quijote nunca hay confundido las ventas con castillos. Aquí se encontrarán con un personaje que aparece en el Quijote de Avellaneda, don Álvaro Tarfe. Y se presentarán ante él, para que conozca a los reales don Quijote y Sancho. Y éste los reconocerá como tales, obligándole don Quijote a realizar una declaración judicial en la que lo afirme. Nuestro caballero cree que ese es el único modo para evitar los engaños, las falsedades.
 Yo -dijo don Quijote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y, en sitio y en belleza, única. Y, aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.

-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don álvaro-, puesto que cause admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado.
Y abandonan la venta y se dirigen ya, por fin, a su aldea. Y ante ella, Sancho expresa su alegría por regresar manifestando los motivos que le llevaron a acompañar a don Quijote, motivos sobre todo económicos. Y también alude a don Quijote, del que dice que regresa "vencedor de sí mismo". Porque regresa admitiendo su derrota, teniendo que abandonar así esos ideales caballerescos que son los que dan sentido a su vida. Aunque ahora se propone llevar una vida pastoril. 
-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien caballero me iba.

-Déjate desas sandeces -dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entrar en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza que en la pastoral vida pensamos ejercitar.

martes, 17 de noviembre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXIX y capítulo LXX

Capítulo LXIX:

Fueron los duques los que ordenaron que trajesen a don Quijote y Sancho de nuevo a su palacio, con el único objeto de seguir burlándose de ellos. Don Quijote en esta segunda parte, apenas ha dejado trabajar a su imaginación. Aquí no ha habido molinos que ha convertido en gigantes. Aquí ha encontrado a gente siempre dispuesta a engañarle, dispuesta a burlarse de él. 

Cuando llegan a palacio se encuentran con el funeral de Altisidora. Y culpan de su muerte a don Quijote. Pero aún puede ser devuelta a la vida. Pero será nuevamente Sancho quien tenga que sufrir para que Altisidora "resucite".
-¡Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos tras otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia consiste la salud de Altisidora!
Pero Sancho, el pobre, no estará por la labor...
-¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como volverme moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme el rostro con la resurreción desta doncella? Regostóse la vieja a los bledos. Encantan a Dulcinea, y azótanme para que se desencante; muérese Altisidora de males que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y cuatro mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a pellizcos. ¡Esas burlas, a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus!
Don Quijote intentará convencerle.
-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores, y muchas gracias al cielo por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della desencantes los encantados y resucites los muertos. 
Y finalmente será sometido al martirio...
Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y otra mucha gente de casa le pellizcaron; pero lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de los alfileres; y así, se levantó de la silla, al parecer mohíno, y, asiendo de una hacha encendida que junto a él estaba, dio tras las dueñas, y tras todos su verdugos, diciendo:

-¡Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan extraordinarios martirios!
Y Altisidora resucitará, aprovechando así don Quijote para recordarle los azotes que aún debe darse para desencantar a Dulcinea.
En esto, Altisidora, que debía de estar cansada por haber estado tanto tiempo supina, se volvió de un lado; visto lo cual por los circunstantes, casi todos a una voz dijeron:

-¡Viva es Altisidora! ¡Altisidora vive!

Mandó Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se había alcanzado el intento que se procuraba.

Así como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas delante de Sancho, diciéndole:

-Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que te des algunos de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de Dulcinea. Ahora, digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con eficacia de obrar el bien que de ti se espera. 
Y las primeras palabras de Altisidora se dirigen a don Quijote, remarcando su crueldad y agradeciéndole a Sancho su sacrificio.
-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado en el otro mundo, a mi parecer, más de mil años; y a ti, ¡oh el más compasivo escudero que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo. Dispón desde hoy más, amigo Sancho, de seis camisas mías que te mando para que hagas otras seis para ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son todas limpias.
 Capítulo LXX:

El pobre Sancho quiere descansar y dormir, después de todo lo sufrido pero don Quijote no para de preguntarle y él da su atinada opinión sobre Altisidora.
Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera -respondió Sancho-, y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los martirios de Sancho Panza.
Reparador es el sueño para Sancho:
...y torno a suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertas.
Aprovecha Cervantes el sueño de nuestros protagonistas para volver a introducir a Cide Hamete, que explica cómo los duques prepararon el engaño. Y aprovecha también para burlarse de ellos.
...que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos. 
Es Altisidora quien entra en el lecho donde descansa don Quijote y Sancho despertándolos. Ella sigue con su engaño. Cuando Sancho le pregunta sobre el infierno, ésta da una visión un tanto quevedesca de éste:
-La verdad que os diga -respondió Altisidora-, yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no pudiera salir dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en calzas y en jubón, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con unas vueltas de lo mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos de brazo de fuera, porque pareciesen las manos más largas, en las cuales tenían unas palas de fuego; y lo que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admiró tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los que pierden, allí en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y todos se maldecían.

-Eso no es maravilla -respondió Sancho-, porque los diablos, jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

-Así debe de ser -respondió Altisidora-; mas hay otra cosa que también me admira, quiero decir me admiró entonces, y fue que al primer voleo no quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y así, menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: ''Mirad qué libro es ése''. Y el diablo le respondió: ''Ésta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas''. ''Quitádmele de ahí -respondió el otro diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos''. ''¿Tan malo es?'', respondió el otro. ''Tan malo -replicó el primero-, que si de propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta visión.

-Visión debió de ser, sin duda -dijo don Quijote-, porque no hay otro yo en el mundo, y ya esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oír que ando como cuerpo fantástico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de la tierra, porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera, tendrá siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no será muy largo el camino.
Calla don Quijote a Altisidora recordándole que aún su corazón sigue perteneciendo a Dulcinea. Y ante estas palabras Altisidora no puede evitar su enfado y contarle a nuestro caballero toda la verdad:
-¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme. 
Cuando los duques le preguntan a don Quijote sobre Altisidora, éste sólo le dice lo que realmente piensa de ella. Y también Sancho.
-Señora mía, sepa Vuestra Señoría que todo el mal desta doncella nace de ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua. Ella me ha dicho aquí que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos, no se menearán en su imaginación la imagen o imágines de lo que bien quiere; y ésta es la verdad, éste mi parecer y éste es mi consejo.

-Y el mío -añadió Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues, mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero más que a las pestañas de mis ojos. 
 

martes, 10 de noviembre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXVII y capítulo LXVIII

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Capítulo LXVII:

Don Quijote sigue triste. No levanta cabeza. Y en esta situación resulta gracioso que se acuerde de Altisidora. Y la reacción de Sancho ante esto.

Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?

-No eran -respondió Sancho- los que yo tenía tales que me diesen lugar a preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
Y recordar a Altisodora le lleva a recordar a Dulcinea. Y los azotes que aún Sancho tiene pendiente para desencantarla.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele la cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no ha visto algún desencantado por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.

-Dios lo haga -respondió don Quijote-, y los cielos te den gracia para que caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tú eres mío. 
Y andando estaban cuando llegaron al sitio donde fueron atropellados por los toros. Y recordar estos momentos le lleva a don Quijote a imaginar cómo sería su vida si se convirtieran en pastores.
-Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. 
 Capítulo LXVIII:

Mientras Sancho duerme, sigue don Quijote preocupado por la situación de Dulcinea y no duda en despertar a su escudero para pedirle de nuevo que se azote. Que no entiende como puede dormir tan plácidamente sabiendo su sufrimiento. Atinada respuesta le da Sancho.
-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
Inteligente y sabio Sancho, que en su forma de hablar y de ver la realidad se va acercando a su amo. Incluso don Quijote lo aprecia.
-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces". 
No salen bien parados nuestra pareja en este capítulo. Tras ser derribados por una piara de más de seiscientos cerdos, terminan siendo apresados por un grupo de hombres armados, que los insultan y los menosprecian. Y que los llevan nuevamente al castillo de los duques.
-¡Váleme Dios! -dijo, así como conoció la estancia- y ¿qué será esto? Sí que en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento, pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto de manera que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se verá en el siguiente capítulo.

martes, 27 de octubre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXIII y capítulo LXIV

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Capítulo LXIII:

Empieza este capítulo con don Quijote y Sancho, cada uno con sus pensamientos, el primero con su amada Dulcinea, y el segundo, aún pensando en el poder, a pesar de su mala experiencia.
Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.
 Así iban cuando llegaron a las galeras. Conociendo que iban a ir, todos en la galera se apresuraron en saludar a don Quijote como si su fama de caballero hubiera llegado a sus oídos y lo admirasen por ella. Pero la burla sigue estando presente... Realmente quieren divertirse con ellos.
-Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha: tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor del andante caballería.
Tendrá la oportunidad tanto don Quijote como Sancho de ver como atrapan las cuatro galeras a un bergantín argelino. Cuando es capturado y van a proceder a la ejecución de todos sus tripulantes se sorprenden cuando descubren que su arráez  es una mujer y, además, cristiana, Ana Félix. Y ella procede a contar su triste historia. Una historia que nos hará ver todos los problemas a los que tuvieron que enfrentarse los moriscos tras su destierro. Porque no lo tuvieron fácil. Porque la ley no fue justa para ellos. 

Capítulo LXIV:

Éste es uno de los capítulos más tristes de toda la novela. Don Quijote recibe una herida mortal... Acepta el desafío del Caballero de la Blanca Luna, quien le reta para que admita que su amada es más bella que Dulcinea. Y le obliga a retirarse a su casa, si es derrotado.
-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Y nuestro caballero cae derrotado. Pero aún así, se niega a admitir que la belleza de su amada ha sido superada. Pero sí reconoce amargamente su derrota.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.
Nuestro caballero ya no quiere vivir. Ha perdido su honra, ya no tiene motivos para vivir... Si no puede ser caballero, si no puede salir en busca de aventuras... ¿Para qué vivir?

La visión que de todo lo que está ocurriendo tiene Sancho, tampoco es nada optimista.
Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento.

martes, 20 de octubre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LXI y capítulo LXII

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 Capítulo LXI:

Se inicia este capítulo con don Quijote y Sancho aún acompañando a Roque. Y aprovecha el autor para describir cómo era la vida de aquel que vivía apartado de la justicia.
Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba; porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa.
Llegaron a Barcelona, donde ya se despidieron de Roque. Y donde nuestros protagonistas vieron por primera vez el mar.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.
Y en Barcelona se encontraron con el amigo de Roque, que ya estaba avisado de su llegada y que les hizo un gran recibimiento. No falta aquí una crítica a ese Quijote apócrifo de Avellaneda.
-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el ficticio, no el apócrifo que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores. 
Y de nuevo el humor aparece, porque cuando don Quijote y Sancho se disponen ya a entrar en la ciudad, por culpa de unos muchachos, "que son más malos que el malo" terminan de nuevo en el suelo.
  Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y, encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre más de otros mil que los seguían.
Capítulo LXII:

No me ha caído nada bien don Antonio, el caballero que acoge en su casa a don Quijote y Sancho. Solo persigue divertirse y burlarse de ellos, como casi todos los personajes que aparecen en este capítulo.
Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido -como ya otras veces le hemos descrito y pintado- a un balcón que salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo delante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquel festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo, por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el del duque. 
Solo un personaje, un castellano, es sincero cuando se dirige a don Quijote. Pero lo hace de forma tan cruel que es imposible que nos caiga bien.
Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:

-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejar a este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere consejo a nadie, aunque me lo pida. 
Me ha gustado que los pasos de don Quijote al final de este capítulo le hayan llevado a una imprenta. Y es mucha la curiosidad de nuestro caballero por este trabajo. E incluso se atreve a dar su personal opinión sobre la traducción de las obras extranjeras.
-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original. Pero dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a algún librero? 
Entre los libros que vio en la imprenta se encontró con la "Segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas".  
-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.

martes, 13 de octubre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LIX y capítulo LX

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Capítulo LIX:

Empezamos este capítulo con un don Quijote pesimista, apesadumbrado, triste... Tras un tiempo bueno con los duques, no esperaba verse abatido por los toros.

-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la más cruel de las muertes.
 Y Sancho le anima a seguir viviendo, a seguir luchando. Le recomienda dormir, descansar, comer... Espera que tras ese descanso, don Quijote recupere sus ilusiones, sus ganas de luchar. Y puede que también haga esto por sus creencias religiosas, que le impiden aceptar el suicidio.
-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestra merced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo menos, no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero, que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuestra merced, y créame, y después de comido, échese a dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá como cuando despierte se halla algo más aliviado.
Llegan a una venta. Y Sancho agradece que no confunda el caballero la venta con castillo. Parece que la locura de don Quijote ya no es tanta...

En la venta tropiezan con dos caballeros que están leyendo el Quijote de Avellaneda. Y algo de crítica por parte de Cervantes hay de este libro.
-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda.

-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso. 
(...)

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia. 
Y para no darle la razón a este autor, en vez de a las justas de Zaragoza decide marchar hacia las justas de Barcelona, para no darle así la razón.

Capítulo LX:

Don Quijote emprende su camino a Barcelona, pero no puede quitarse de la cabeza a Dulcinea, aún víctima del encanto, ya que Sancho aún no se ha dado los correspondientes latigazos. Y en esos pensamientos estaba cuando decide que la única manera de que cumpla con su parte es darle los latigazos él mismo. Pero Sancho se rebelará contra él. Y bien le recuerda que no puede obligarle, que tiene que confiar en él, que él tiene la libertad de decidir cómo y cuándo se dará los latigazos.
-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme; basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.

-No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho -dijo don Quijote-, porque eres duro de corazón, y, aunque villano, blando de carnes.

Y así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:

-¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?

-Ni quito rey, ni pongo rey -respondió Sancho-, sino ayúdome a mí, que soy mi señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de azotarme por agora, que yo le dejaré libre y desembarazado (...) Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando quisiese.

Tras esto, entran en escena los bandoleros. Por desgracia don Quijote tiene en ese momento lejos sus armas y poco puede hacer. Aunque sí es cierto que a medida que avanza la historia, observamos como nuestro caballero siente cierta simpatía por ellos. Incluso el jefe de los bandoleros le consuela:
-Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres. 
Y estamos con los bandoleros cuando Cervantes decide incluir un nuevo personaje y conocemos a Claudia Jerónima y su historia de amor. Una historia de amor que acaba con un final trágico por culpa de los celos. Algo me ha recordado esta historia a la que aparece en la primera parte, El curioso impertinente.
 

martes, 6 de octubre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LVII y capítulo LVIII

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Capítulo LVII

Empieza este capítulo con un don Quijote deseoso ya de abandonar el castillo, porque piensa que no está cumpliendo con su cometido de caballero.
Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento; y así, pidió un día licencia a los duques para partirse.
 Y en mientras tanto Sancho se lamenta por la frustración de su mujer cuando recibiera la noticia de que había dejado de ser gobernador para volver con don Quijote. Y agradece al mismo tiempo la generosidad que ella mostró con la duquesa cuando le envió las bellotas. Y recalca el hecho de que se las enviara una vez que él ya era gobernador y no antes, que no quiere que crean que sometió a los duques a chantaje. Y vuelve a insistir en que su conciencia está tranquila, porque de su gobierno no ha obtenido ningún beneficio.
-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la Mancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a ser quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado, quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es que esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que reciben algún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podré decir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano".
Protagonismo adquiere en esta capítulo de nuevo Altisidora, con el romance que le dedica a nuestro caballero, en tono satírico, acusándole de haberle robado sus ligas y sus gorros de dormir. Siguen burlándose de don Quijote y el duque insiste en la burla al retarle en duelo.
-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este mi castillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de mi doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla. 
Afortunadamente, todo se aclara al final.

Capítulo LVIII:

Hermoso canto a la libertad el que realiza don Quijote:
-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo! 
 Empiezan su nuevo camino encontrándose con unos labradores que llevaban algunos lienzos cubiertos de sábanas. Quiso don Quijote destaparlos y descubrió cuatro imágenes que representaban a cuatro grandes caballeros cristianos, que con su lucha, lograron el cielo. Y aquí don Quijote muestra sus dudas, porque con su lucha...¿qué consigue?
-Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.
 Luego empiezan Sancho y don Quijote a hablar de Altisidora. Y nuestro escudero se burla un poco del caballero.
Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra merced que así la rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada cosa por sí déstas, o todas juntas, le enamoraron; que en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para enamorar; y, habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.
Pero la respuesta de don Quijote nos hace volver a pensar que no está tan loco nuestro caballero...
-Advierte, Sancho -respondió don Quijote-, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.
Y en este diálogo estaban cuando don Quijote se vio "enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas". Creyó don Quijote al principio estar ante una nueva aventura cuando dos hermosas pastoras aparecieron y le explicaron que era una red que habían puesto para cazar pajaritos. Y se inicia aquí un episodio un tanto bucólico en el que don Quijote vuelve a mostrar su sensatez en muchos temas.
Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y así, es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y así, digo que sustentaré dos días naturales en metad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetado sólo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan. 
Este idílico momento se ve truncado cuando don Quijote decide enfrentarse a una manada de toros. Y claro está, no sale bien de esta batalla...
...y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, se levantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:

-¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que gusto, siguieron su camino. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Leemos el Quijote (2º parte): Capítulo LV y capítulo LVI

http://bourbonstreet-porlomenix.blogspot.com.es/2015/01/reto-en-2015-leemos-el-quijote.html


Capítulo LV:

Seguimos acompañando a Sancho, quien continúa su camino hacia el palacio de los Duques. Pero la mala suerte le acompañará y cuando decida parar a descansar, caerá en una sima. Se quejará nuestro escudero de su mala suerte.

¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelen suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso.
E incluso comparará su caída al momento en que don Quijote estuvo en la cueva de Montesinos.

A lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuando decendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras.
Tuvo que pasar toda la noche junto a su rucio, ya que nadie escuchaba sus gritos y lamentos. Pero a la mañana siguiente parecía que sus gritos tampoco eran escuchados. Así que decide comer un poco, que "Todos los duelos con pan son buenos". Pero parece que la suerte empieza a acompañarle, que descubre un agujero por el que puede salir y que hace más grande para poder salir con su asno. 
En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él una persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y, agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo. 

Y da la coincidencia de que don Quijote está cerca y empieza a escuchar las voces que Sancho da. Y aquí introduce Cervantes un poco más de humor cuando Sancho se define a sí mismo como "desdichado desgobernado gobernador".
-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado desgobernado gobernador? 
Don Quijote reconoce en esta voz a Sancho y llega a creerlo muerto. Pero ni aún así le niega su ayuda.
-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que me tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de Dios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres. 
Don Quijote acude a los duques para conseguir ayuda para sacar a Sancho de la cueva. Y aquí Cervantes parece querer volver a mostrar su opinión sobre los gobernadores del momento, eso sí, con humor.

-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.
Pero Sancho pronto se defiende, utilizando, como él bien sabe hacer, el amplio refranero español:
-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto así, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no beberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.
 Y ante los duques explica las razones que le han llevado a dejar el gobierno de la ínsula Barataria.
-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en una sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a mi señor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doy un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que, en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, y para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de perdices.

Capítulo LVI:

Otro capítulo que nos va a arrancar más de una sonrisa. Don Quijote vuelve a adquirir el protagonismo. Está dispuesto a enfrentarse en contienda justa al caballero que había deshonrado a la hija de doña Rodríguez. Pero ese joven ha huído. Y el duque, para seguir con la burla, hace que su lacayo Tosilos ocupe su lugar. Confiado en la fortaleza de su lacayo, le advierte que debe vencer a don Quijote, pero sin herirle.
Después desto, cuenta la historia que se llegó el día de la batalla aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo Tosilos cómo se había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle ni herirle, ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don Quijote que no permitía la cristiandad, de que él se preciaba, que aquella batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto del Santo Concilio, que prohíbe los tales desafíos, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte. 
 Pero justo cuando el combate va a tener lugar, el amor aparece...
Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareció la más hermosa mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo, a quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos; y así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le viese, le envasó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo, y le pasó el corazón de parte a parte; y púdolo hacer bien al seguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.
Y el lacayo Tosilos prefiere no luchar y casarse.
Y, aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso de su puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual venido a ver lo que quería, le dijo:

-Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con aquella señora?

-Así es -le fue respondido.

-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondríala en gran cargo si pasase adelante en esta batalla; y así, digo que yo me doy por vencido y que quiero casarme luego con aquella señora.

Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno de los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra. Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó suspenso y colérico en estremo. 
Así que el duque no consiguió lo que quería, burlarse de don Quijote. Nuestro caballero, en cambio, encaja bien el hecho de que al final no hay combate. Y comprende  la decisión del lacayo, al igual que Sancho.
-Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte.

Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:

-Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en hora buena, y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga. 
(...)
-Él hace muy bien -dijo a esta sazón Sancho Panza-, porque lo que has de dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. 
Pero cuando Tosilos se quitó la celada y descubrió su verdadero rostro, tanto doña Rodríguez como su hija se dieron cuenta de que no era el joven que la había deshonrado. 
-¡Éste es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor, nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del Rey, de tanta malicia, por no decir bellaquería! 
 Pero don Quijote vuelve a creer que todo es por culpa de los encantadores que siempre lo persiguen y quieren siempre manchar sus victorias.
-No vos acuitéis, señoras -dijo don Quijote-, que ni ésta es malicia ni es bellaquería; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase la gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en el de este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos con él, que sin duda es el mismo que vos deseáis alcanzar por esposo.
Y el duque aprovecha esto para descargar su ira sobre el lacayo, por haberle privado de su deseo de burlarse y reírse nuevamente de don Quijote. 
-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y maña: dilatemos el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al señor don Quijote, y más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones. 
Finalmente, la hija de doña Rodríguez decide casarse con el muchacho. Quizás sus motivos no estén cercanos al amor, eso sí...
 -Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que más quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero, puesto que el que a mí me burló no lo es.