Creo que haber visto más de una reseña negativa de este libro me ha hecho disfrutarlo al final más de lo que esperaba. Y aunque iba advertida de ese final tan desconcertante, no he podido evitar sentirme descolocada ante él. Y volverlo a leer para intentar comprender mejor ese final, ese desenlace. Porque son muchas las interpretaciones que se le puede dar. Pero tampoco esto me disgusta. A veces me gusta que el autor deje esa libertad al lector de decidir cuál puede ser el final de la historia que cuenta. Y así cada uno nos quedamos con el final que más nos guste... o nos convenza.
Pero empecemos por el principio. Volvemos a encontrarnos a tres protagonistas, como en La fórmula... No conocemos el nombre de ninguno de ellos. Tenemos a la narradora, que un día recibe la llamada de su primo, al que no ve desde hace años. Su primo se pone en contacto con ella para preguntarle por la Residencia de Estudiantes donde ella estuvo. Esta llamada parece despertarle del letargo en el que vive. Vive sola, esperando una llamada de su marido, que está en Suecia trabajando. Su futuro está en ese lejano país, pero no le hace ilusión alguna. Así que la llega de su primo a la ciudad parece despertarla. Los preparativos para la entrada de su joven primo en la Universidad y en la residencia le dan una vida que parecía no tener antes. Rompe con su monotoní, con su aburrimiento. Una monotonía que amenaza con volver cuando su primo ingresa defintivamente en la Residencia, firmando un curioso contrato:
Pero esta vez ella quiere enfrentarse a esa rutina, parece querer rebelarse contra ella. E irá continuamente a la residencia para ver a su primo, pero nunca logrará encontrarse con él. No volverá a aparecer este personaje en el resto de la novela.
Ahora los diálogos los mantendrá con el sensei, que es como el director de la Residencia, un anciano aquejado de una extraña enfermedad. Y poco a poco, Ogawa irá cambiando la atmósfera de la novela. La Residencia de estudiantes no tiene nada que ver con la la residencia que ella conoció. Parece haberse contagiado de la decrepitud del anciano sensei. Y está casi abandonada, en precarias condiciones. Y si a esto le sumamos la desaparición reciente y sin explicación de un joven estudiante recientemente, el aire que rodea a esta novela va convirtiéndose poco a poco en un aire más asfixiante, más cargante, más angustioso... Y el primo sigue sin aparecer. Siempre hay algún motivo por el que no está en la residencia. Y la fijación del sensei por el físico, por la anatomía de sus residentes, preocupan a nuestra protagonista, hasta empezar a sospechar.
Y llegamos a ese final, sorprendente, decepcionante para los que buscamos que todo tenga una explicación, pero que no te deja indiferente. Y que haces que vuelvas a leer las últimas páginas para rescatar aquellos elementos que te den pistas de cuál puede ser ese posible final. Un final que es comentado en muchos sitios y que de otro modo, quizás no hubiera despertado interés ninguno.
La soledad vuelve a estar presente en esta novela de Ogawa. Parece obsesionar este tema a la autora. Pero lo hace siempre con una prosa sencilla, fluida, cercana. Una prosa que es imposible dejar de leer. Una prosa que vuelve a conquistarme.

