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martes, 12 de junio de 2012

La Residencia de Estudiantes de Yoko Ogawa

Creo que haber visto más de una reseña negativa de este libro me ha hecho disfrutarlo al final más de lo que esperaba. Y aunque iba advertida de ese final tan desconcertante, no he podido evitar sentirme descolocada ante él. Y volverlo a leer para intentar comprender mejor ese final, ese desenlace. Porque son muchas las interpretaciones que se le puede dar. Pero tampoco esto me disgusta. A veces me gusta que el autor deje esa libertad al lector de decidir cuál puede ser el final de la historia que cuenta. Y así cada uno nos quedamos con el final que más nos guste... o nos convenza.

Pero empecemos por el principio. Volvemos a encontrarnos a tres protagonistas, como en La fórmula... No conocemos el nombre de ninguno de ellos. Tenemos a la narradora, que un día recibe la llamada de su primo, al que no ve desde hace años. Su primo se pone en contacto con ella para preguntarle por la Residencia de Estudiantes donde ella estuvo. Esta llamada parece despertarle del letargo en el que vive. Vive sola, esperando una llamada de su marido, que está en Suecia trabajando. Su futuro está en ese lejano país, pero no le hace ilusión alguna. Así que la llega de su primo a la ciudad parece despertarla. Los preparativos para la entrada de su joven primo en la Universidad y en la residencia le dan una vida que parecía no tener antes. Rompe con su monotoní, con su aburrimiento. Una monotonía que amenaza con volver cuando su primo ingresa defintivamente en la Residencia, firmando un curioso contrato:

Pero esta vez ella quiere enfrentarse a esa rutina, parece querer rebelarse contra ella. E irá continuamente a la residencia para ver a su primo, pero nunca logrará encontrarse con él. No volverá  a aparecer este personaje en el resto de la novela.

Ahora los diálogos los mantendrá con el sensei, que es como el director de la Residencia, un anciano aquejado de una extraña enfermedad. Y poco a poco, Ogawa irá cambiando la atmósfera de la novela. La Residencia de estudiantes no tiene nada que ver con la la residencia que ella conoció. Parece haberse contagiado de la decrepitud del anciano sensei. Y está casi abandonada, en precarias condiciones. Y si a esto le sumamos la desaparición reciente y sin explicación de un joven estudiante recientemente, el aire que rodea a esta novela va convirtiéndose poco a poco en un aire más asfixiante, más cargante, más angustioso... Y el primo sigue sin aparecer. Siempre hay algún motivo por el que no está en la residencia. Y la fijación del sensei por el físico, por la anatomía de sus residentes, preocupan a nuestra protagonista, hasta empezar a sospechar. 

Y llegamos a ese final, sorprendente, decepcionante para los que buscamos que todo tenga una explicación, pero que no te deja indiferente. Y que haces que vuelvas a leer las últimas páginas para rescatar aquellos elementos que te den pistas de cuál puede ser ese posible final. Un final que es comentado en muchos sitios y que de otro modo, quizás no hubiera despertado interés ninguno.

La soledad vuelve a estar presente en esta novela de Ogawa. Parece obsesionar este tema a la autora. Pero lo hace siempre con una prosa sencilla, fluida, cercana. Una prosa que es imposible dejar de leer.  Una prosa que vuelve a conquistarme.

jueves, 8 de marzo de 2012

La fórmula preferida del profesor de Yoko Ogawa

Nos encontramos en este libro con la historia de un anciano profesor de matemáticas, de una joven madre soltera que trabaja de asistenta en su casa y de su hijo de diez años. Un profesor que tiene una triste razón para permanecer aislado del mundo que le rodea. Para vivir y permanecer siempre dentro de los muros de su casa.

Profesor de deslumbrante inteligencia y con una prometedora carrera, en 1975 sufrió un trágico accidente de coche. Y su cerebro fue el que se llevó la peor parte. Desde ese momento, su memoria sólo retiene los últimos 80 minutos. Los 80 minutos y toda su vida hasta antes de de ese accidente. No hay nada más. Así que el mundo siempre le resulta extraño. Para sobrellevarlo mejor siempre lleva notas cosidas a su ropa. Notas que le explican quién es quién a su alrededor. Así reconoce a la mujer que todos los días va a limpiar su casa. Y al hijo de ésta, que se cuela en su casa, y que ve en el profesor lo más parecido a una figura paterna.

Y es la asistenta quien nos cuenta esta historia. Quien recuerda este período tan especial en su vida. Porque fue una relación intensa la que estos tres personajes tuvieron. Por un tiempo fueron una familia, atípica, pero familia. Porque esos son los sentimientos de los que nos habla esta novela. Cada uno de ellos rellenaba un espacio de soledad que tenía el otro, un espacio que necesitaban que fuera ocupado. Para el profesor, la asistenta y su hijo, se convierten en lo más cercano a una familia que ha tenido en los últimos años, el único nexo que lo unía al mundo actual. Para el niño, el profesor es lo más cercano a un padre que ha tenido. Y es que esta figura en su vida siempre ha estado ausente.  Y para la asistenta, el profesor supone el apoyo que necesitaba para cuidar a su hijo. Y además, es la primera persona que tiene en cuenta su opinión, que le pregunta, que le estimula. Su autoestima crece junto al profesor. Y al mismo tiempo, admira al profesor mucho, por su inteligencia, por su conocimiento, por su debilidad... Porque el profesor ha perdido la memoria, que no la inteligencia. Y se sirve de las matemáticas en todo momento para explicar el mundo que le rodea, para dar todo tipo de respuestas. En este sentido, preciosa es la escena en que el profesor hace uso de la fórmula de Euler, fórmula que ni conocía ni hace falta comprender. Y es que el simbolismo de este hecho es inmenso. El profesor la usa, a modo de rebeldía, ante una situación injusta, ante una situación que vuelve a condenar a cada uno de ellos a la soledad. 

Porque si encontramos algo en esta novela es una hermosa y sencilla historia de amistad, a pesar de todos los obstáculos que impiden que ésta pueda llegar a buen fin. Pero ni al profesor le importa tener que mirar sus notas todos los días para reconocer a su asistenta y su hijo. Ni a ellos tener que contestar todos los días las mismas preguntas y no romper el frágil mundo creado por el profesor. Un mundo dominado por las matemáticas y el beisbol. 

Y a pesar de esas matemáticas, a pesar de que el beisbol se convierte en un tema recurrente, no es una novela difícil de leer. Al contrario, te dejas atrapar por la maravillosa prosa de Ogawa y por la ternura de esta gran historia y no puedes dejar de leer hasta el final.  Participar en esta lectura conjunta ha sido todo un acierto. ¡Gracias Isi!