Capítulo LXXIII:
Malos augurios son los que tiene don Quijote cuando llega al pueblo.
A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don Quijote que en
las eras del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:
-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida.
Oyólo don Quijote, y dijo a Sancho:
-¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver en todos los días de tu vida''?
-Pues bien, ¿qué importa -respondió Sancho- que haya dicho eso el mochacho?
-¿Qué? -replicó don Quijote-. ¿No vees tú que, aplicando aquella
palabra a mi intención, quiere significar que no tengo de ver más a
Dulcinea?
Menos mal que ahí está Sancho para recordarle que fue él mismo quien le dijo que no había que hacer caso de estos. Y lo mismo dice la Iglesia.
-He aquí, señor, rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen
que ver más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto,
que con las nubes de antaño. Y si no me acuerdo mal, he oído decir al
cura de nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas
mirar en estas niñerías; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los días
pasados, dándome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos
que miraban en agüeros. Y no es menester hacer hincapié en esto, sino
pasemos adelante y entremos en nuestra aldea.
Y aparece ya Teresa, la mujer de Sancho, para recibirle, algo decepcionada al principio, al no verle vestido como gobernador. Pero más contenta después al ver el dinero que su marido había ganado.
Don Quijote entra en su casa, contándole al cura y al bachiller cuáles son sus propósitos a partir de este momento. Dejará durante un año la vida como caballero.Y durante ese año emprenderá una vida pastoril...
Don Quijote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se
apartó a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó
su vencimiento, y la obligación en que había quedado de no salir de su
aldea en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin
traspasarla en un átomo, bien así como caballero andante, obligado por
la puntualidad y orden de la andante caballería, y que tenía pensado de
hacerse aquel año pastor, y entretenerse en la soledad de los campos,
donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos,
ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba,
si no tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más
importantes, quisiesen ser sus compañeros; que él compraría ovejas y
ganado suficiente que les diese nombre de pastores; y que les hacía
saber que lo más principal de aquel negocio estaba hecho, porque les
tenía puestos los nombres, que les vendrían como de molde. Díjole el
cura que los dijese. Respondió don Quijote que él se había de llamar el
pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el
pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.
Pero no convencerá a su sobrina, que le desaconsejará esta vida. Pero con el fin de su vida caballeresca, la salud parece perder don Quijote...
Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los
serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste
es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal
ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es
ser caballero andante que pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no
se le doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre
cincuenta años que tengo de edad: estése en su casa, atienda a su
hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ánima si
mal le fuere.
-Callad, hijas -les respondió don Quijote-, que yo sé bien lo que me
cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened
por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no
dejaré siempre de acudir a lo que hubiéredes menester, como lo veréis
por la obra.
Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.
Capítulo LXXIV:
Don Quijote cae enfermo. Parece que sin un propósito en su vida, su cuerpo se niega a vivir. Todos intentar animarle, pero en vano.
Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido
su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella
suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el
bachiller que se animase y levantase, para comenzar su pastoral
ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para
cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio
dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno llamado
Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del
Quintanar. Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas. (...) Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan.
Tras estas palabras del médico, pide don Quijote que lo dejen solo para dormir un poco. Y cuando despierta, las primeras palabras de nuestro caballero son de agradecimiento a Dios. Por perdonarle sus pecados, por haberle devuelto la razón. Reniega de los libros de caballería, de lo que le han hecho.
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la
Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre
de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita
caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del
andante caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me
pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en
cabeza propia, las abomino.
Y nada le hará ya cambiar de opinión. Más ahora que sabe que poco tiempo le queda de vida.
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la
señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a
pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos
príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida,
vuelva en sí, y déjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi
daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho.
Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas
aparte, y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga
mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el
hombre con el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me
confiesa, vayan por el escribano.
Grandes son las palabras de Sancho.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor
mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que
puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más,
sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la
melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al
campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de
alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no
haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a
mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le
derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de
caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el
que es vencido hoy ser vencedor mañana.
Porque cuando su amo tenía sus ideales caballerescos, cuando tenía un propósito en esta vida, siempre luchó. Pero ahora, sin un fin, se rinde, sin luchar. Habrá recobrado la razón, pero sus ganas de luchar las ha perdido. Entonces... ¿cuándo está más loco?
Y llega el fin. Muere don Quijote. Muere Alonso Quijano el bueno. Me quedo con los dos últimos versos del epitafio escrito por Sansón Carrasco.
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.