Agnes Grey
Anne Brontë
Trad: Elizabeth Power
Alianza Editorial, 2017
Decidida a lograr su independencia
económica y a ayudar en su casa, Agnes Grey, la hija menor de una
familia venida a pique, se coloca como institutriz en la casa de la
familia Bloomfield. Su juventud e inexperiencia, así como la crueldad de
los niños con quienes le toca lidiar y la frialdad de sus padres, son
una difícil piedra de toque. Pero su perseverancia la llevará a cambiar
de casa en busca de mejores perspectivas. Con sus nuevos empleadores,
los Murray, las condiciones tampoco son fáciles, pero Agnes, poco a
poco, se abrirá camino...
Tras terminar esta novela, lo que no entiendo es por qué Anne Brontë es la hermana menos conocida de las tres. Porque no tiene que envidiarle nada a sus hermanas en cuestión de talento. Y además tiene un estilo propio. Muy distinta a
Cumbres borrascosas, sí puede recordarnos algo a
Jane Eyre, porque en ambas se toca el tema de las institutrices. Pero de forma muy diferente. Porque Anne le da un toque más realista a la historia, más cercano, más creíble.
Con ella llegamos a aprender cómo era la difícil vida de una institutriz en el siglo XIX. No lo tenían fácil para encajar. Su relación con los señores de la casa se limitaba al trabajo. No podía haber amistad, no podía haber confianza. Ella para ellos era una simple trabajadora y no pertenecía a su status social. Y para los criados, ella estaba un puesto por encima, así que tampoco la trataban. Esto lo refleja perfectamente Anne Brontë en su novela. Era un mundo que conocía muy bien, ya que ella también fue institutriz. Así que aprovecha, no sólo para exponer los hechos sino también para lanzar sus correspondientes críticas a la sociedad en que le tocó vivir.
Y es que Agnes Grey no lo tuvo fácil. Y se encontró siempre con niños malcriados, insolentes y maleducados. Y ella poco puede hacer para corregirlos cuando los padres les consienten y le dan todo lo que piden, con tal de que no molesten, aunque eso deje su autoridad por los suelos. Así poco puede hacer. Pero Agnes nunca se amilana. Y seguirá siempre intentando educar a esos niños y en todo lo posible, llevarlos por el camino correcto. Pero no se lo pondrán fácil en ningún momento.
El personaje de Agnes Grey sobresale entre todos. La conocemos cuando aún vivía con su familia, siempre sobreprotegida, pero ya mostraba muchos rasgos de su carácter. Decidida, valiente, inteligente, audaz, íntegra... Rasgos que se acentuarán aún más cuando empiece con su trabajo de institutriz. Y cuando conozca al Sr. Weston, de quien llegará a enamorarse. Pero Anne Brontë no tiene prisas en contar esta historia. Aquí, todo va despacito, pasito a pasito, como en la vida real. Aquí no se producen situaciones extrañas ni hay secretos que ocultar. Aquí todos son personajes sencillos, creíbles, cercanos.
Y la prosa de la autora es siempre sencilla, directa, concisa, sin adornos excesivos. En ocasiones se dirige directamente al lector, lo que agiliza aún más la lectura. Y aunque el ritmo es pausado y la historia se caracteriza por la ausencia de tensión, te resulta imposible abandonar su lectura. Porque Anne Brontë consigue trasladarnos a esa época y consigue también que empaticemos, desde el principio, con su personaje principal.
En definitiva, una novela que me ha sorprendido mucho. Esperaba menos de ella al no ser tan conocida como las novelas de sus hermanas. Y me he encontrado con toda una joyita, que me deja con ganas de repetir con su autora.