Sorprendente. Difícil se me hace hablar de este breve libro. Difícil se me hace plasmar las emociones y sensaciones que su lectura me ha causado. Y más difícil aún tras ver las fantásticas reseñas que ya se han hecho de este libro. Muy poquito se puede añadir ya.
Con una prosa que ya desde el principio demuestra el autor que la domina con maestría, acercándose en muchos momentos , por no decir en todos, a la poesía, nos presenta a Lucía, la protagonista, aún niña. Una maravillosa escena en la que la niña pregunta a su padre si es posible atrapar el sol. Y el padre le entrega a su hija el sol en un simple vaso... ¿Cómo no idealizar al padre después de eso? ¿Cómo no quererlo? ¿Cómo no sonreír ante este "milagro"?
Pero la sonrisa dura poco. En la siguiente escena, Juan Andrés nos sitúa en la actualidad. De Argentina nos trasladamos a un hospital de Madrid, donde el padre de Lucía, Carlos, está a punto de morir. Su hija lo acompaña, sumida en el dolor. Su padre, la persona que más ama en este mundo, está muriendo. Y ella no puede hacer nada. Imposible no sentir pena del padre. Imposible no sentir el sufrimiento de Lucía, imposible no acompañarla en su dolor.
Y en medio de ese dolor, aparece una anciana. Una anciana a la que no conoce de nada, pero que le revela un episodio en la vida de su padre que no conocía, una faceta de él que ella ignoraba por completo. Que no tenía cabida en la imagen que de él tenía: su participación en los atroces crímenes que se cometieron en los años de la dictadura argentina. El desconcierto en esos primeros momentos es la nota dominante. Lucía piensa y nosotros a la par de ella: ¿cómo es posible que una persona capaz de retener el sol por y para ella, sea capaz de cometer esos crueles crímenes? Un muro empieza a levantarse entre ella y su padre. Las palabras de la anciana se repiten en su cabeza. Las dudas crecen. Y el muro sigue creciendo. Y acude a la única persona que puede contarle la verdad: su madre. Y ella le confirma lo que más temía. Más alto se vuelve el muro. Un muro que ahora también empieza a separarla de su madre. No comprende, no entiende, como ha podido vivir todos estos años en silencio. Como ha podido compartir su vida con una persona así. Como ha podido vivir libre de remordimientos...
Y vuelve a la habitación del hospital, junto a su padre. No sabe si le escucha. Pero necesita hablar con él. Decirle lo que piensa, gritarle su ira, su tristeza, su decepción... Su padre, su héroe, su mito, ha caído. Se ha derrumbado. Y ya nada podrá cambiar eso. Pero el amor... ¿Podrá seguir amando a su padre a pesar de los crímenes que él ha cometido? ¿Estará con él hasta sus últimos días? ¿O terminará de construir ese muro que la separe de él, de su madre, y, en definitiva, de todo lo que le recuerde su vida pasada? Muchos ya sabéis la respuesta. Pero si aún no habéis leído el libro, tendreís que hacerlo para conocerla y disfrutar de una escena absolutamente sobrecogedora, como todo el libro.
¡Muchas gracias Kayenna por esta lectura conjunta!
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