José Luis Gil Soto
Ediciones B, 2019
El destino de un niño.
Erik tiene apenas cuatro años cuando pierde a su madre en el gran terremoto que destruye Waliria, la capital de Ariok. Su padre, el carpintero Bertrand de Lis, y Astrid, la humilde viuda de un herrero, no pueden imaginar que la catástrofe no solo cambiará sus vidas para siempre, sino que, sin quererlo, les hará dueños de secretos que nunca hubieran querido tener que guardar.El viaje hacia un reino de leyenda.
Tras el desastre, y alentado por una profecía, el rey decide emprender con su pueblo un peligroso viaje hasta tierras del sur. Una gran caravana se pone en marcha. La esperanza, el miedo y la ambición viajan con ellos.La búsqueda de un padre.
A Bertrand solo le queda su hijo, y su única preocupación es cuidarle, pero un hecho inesperado cambia el rumbo de sus vidas. Así, quien era solo un hombre bueno y sencillo, se convertirá en protagonista de una aventura épica, impulsada por el profundo amor a su hijo y su deseo de volver a reunirse con él.
No sé cómo empezar esta reseña. Estoy dándole miles de vueltas porque no sé cómo plasmar cuando he disfrutado con esta novela, que para mí, hasta ahora, ha sido la sorpresa del año. No conocía a su autor, pero ya tengo bien fijado en mi memoria su nombre para buscar todos los libros anteriores que ha escrito.
Una de las dificultades a la hora de definir esta novela está en su género. Sí, de primeras, lo más fácil resulta encuadrarla dentro del género fantástico. Pero no sólo es una novela fantástica. Aquí no hay magia, ni dragones, ni orcos... Ambientando la novela en un medievo fantástico, el autor consigue plasmarlo de un modo muy real, de un modo muy cercano, que lo hace absolutamente creíble. Incluso se nota mucha labor de documentación a la hora de plasmar las diferentes sociedades que van apareciendo a lo largo de la novela. Y también a la hora de tratar el tema de la carpintería, profesión de Bertrand, el protagonista. Sin cansar, sin abusar de exceso de datos, introduciéndolo todo perfectamente en la trama. Sin que sobre ni falte nada.
Otro de los grandes aciertos de esta novela son sus personajes. Sí, se les puede acusar de maniqueísmo. Los hay muy buenos y los hay muy malos. Pero cuando están bien definidos, bien trazados y cuando es lo que la historia necesita, esto no importa. Y aunque a tenor de la sinopsis, podríamos pensar que los grandes protagonistas son Bertrand y su hijo, para mí, las grandes protagonistas han sido todas y cada una de las mujeres que han ido apareciendo a lo largo de la novela, incluida la esposa de Bertrand, que, aunque no aparece, está presente en casi toda la historia. Aunque si tuviera que elegir, sin duda me quedo con Astrid, por todo lo que ha sufrido desde el maldito terremoto, por todas las difíciles decisiones que tiene que tomar, por el cariño y la protección que ofrece a todos, pese a todos sus problemas. Por el crecimiento que tiene desde su primera aparición hasta llegar al final.
Otra de las cosas que más me ha sorprendido es que no le tiembla la mano al autor a la hora de cargarse a los personajes. Y personajes a los que se les coge cariño, advierto. Porque a estos personajes, o los quieres o los odias. Pero indiferente no deja ninguno. Así que resulta imposible no mantener la tensión en cada página, temiendo por el destino de cada uno de los protagonistas de esta gran novela.
En definitiva, una novela de matrícula de honor, en la que el autor logra plasmar lo mejor y lo peor de la naturaleza humana: la generosidad y la avaricia, el amor y el odio, la entrega y el egoísmo... Una novela que va a estar, por méritos propios, entre mis mejores lecturas del año.






























