Me apetecía reencontrarme este año con nuestro Tenorio, una obra que he releído varias veces por estas fechas, pero que en estos últimos años la he tenido un poco olvidada. De este año no se ha escapado y he vuelto a disfrutar de los maravillosos versos musicales que Zorrilla nos ofrece en esta drama.
En Don Juan Tenorio, Zorrilla recrea dos viejos mitos, el del Burlador y el del Convidado de Piedra, como ya hizo Tirso de Molina muchos años antes en El burlador de Sevilla. Dividido este drama en dos partes, en la primera se desarrolla el mito del Burlador mientras que en la segunda el escritor plasmó magníficamente el mito del Convidado. Y todo eso, sin salir de Sevilla en ningún momento.
Entre ambas partes hay muchas diferencias. Si en la primera parte aparece el Don Juan que todos conocemos, el galán de innumerables aventuras amorosas, joven, apuesto, arrogante, vanidoso, altanero, que nos arrolla con su increíble vitalidad... En la segunda, el protagonista se nos presenta más maduro. Aún sigue apuesto, pendenciero, un tanto altivo, pero empieza a aparecer en él los primeros rasgos de remordimiento. Empieza a notarse en él un deseo de redimirse. Además, en esta segunda parte las apariciones de ultratumba son constantes. Muchas cuentas pendientes tiene Don Juan.
Si la primera parte es alegre y bulliciosa, desarrollándose muchas de sus acciones en tabernas, en la segunda la acción es más pausada, más tranquila. Y entre sus escenarios encontramos un panteón, que no es precisamente un sitio de alegría...
Evidentemente, uno de los grandes aciertos de este drama es su protagonista, Don Juan. Un personaje ya conocido en la literatura y que no necesita presentaciones. Y de esto se aprovecha Zorrilla para no profundizar a la hora de presentarlo. Con pocos rasgos, nos hace ver que nos encontramos ante un hombre osado, que tiene como único fin en su vida ampliar su lista de conquistas. Hasta que conoce a Doña Inés, símbolo de la pureza, de la inocencia, de la castidad. A ella le entregará su amor. Por ella estará dispuesto a redimirse. Pero su mala fama le precede. Sus actos también. Y en un lamentable lance, se verá obligado a matar al padre de doña Inés. Pero ya Don Juan se ha ganado nuestra simpatía, cosa que no ocurría con el Don Juan de Tirso, más cruel y depravado. Y estaremos a su favor cuando se presente la ocasión de salvar su alma.
Un gran clásico que se sigue disfrutando año tras año en estas fechas. Y como su lectura me ha dejado con ganas de más, ahora mismito voy por unas castañitas para acompañar mientras veo la obra. ¿Me acompañáis?
