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sábado, 2 de noviembre de 2013

Don Juan Tenorio de José Zorrilla

Me apetecía reencontrarme este año con nuestro Tenorio, una obra que he releído varias veces por estas fechas, pero que en estos últimos años la he tenido un poco olvidada. De este año no se ha escapado y he vuelto a disfrutar de los maravillosos versos musicales que Zorrilla nos ofrece en esta drama. 

En Don Juan Tenorio, Zorrilla recrea dos viejos mitos, el del Burlador y el del Convidado de Piedra, como ya hizo Tirso de Molina muchos años antes en El burlador de Sevilla. Dividido este drama en dos partes, en la primera se desarrolla el mito del Burlador mientras que en la segunda el escritor plasmó magníficamente el mito del Convidado. Y todo eso, sin salir de Sevilla en ningún momento. 

Entre ambas partes hay muchas diferencias. Si en la primera parte aparece el Don Juan que todos conocemos, el galán de innumerables aventuras amorosas, joven, apuesto, arrogante, vanidoso, altanero, que nos arrolla con su increíble vitalidad... En la segunda, el protagonista se nos presenta más maduro. Aún sigue apuesto, pendenciero, un tanto altivo, pero empieza a aparecer en él los primeros rasgos de remordimiento. Empieza a notarse en él un deseo de redimirse. Además, en esta segunda parte las apariciones de ultratumba son constantes. Muchas cuentas pendientes tiene Don Juan.

Si la primera parte es alegre y bulliciosa, desarrollándose muchas de sus acciones en tabernas, en la segunda la acción es más pausada, más tranquila. Y entre sus escenarios encontramos un panteón, que no es precisamente un sitio de alegría... 

Evidentemente, uno de los grandes aciertos de este drama es su protagonista, Don Juan. Un personaje ya conocido en la literatura y que no necesita presentaciones. Y de esto se aprovecha Zorrilla para no profundizar a la hora de presentarlo. Con pocos rasgos, nos hace ver que nos encontramos ante un hombre osado, que tiene como único fin en su vida ampliar su lista de conquistas. Hasta que conoce a Doña Inés, símbolo de la pureza, de la inocencia, de la castidad. A ella le entregará su amor. Por ella estará dispuesto a redimirse. Pero su mala fama le precede. Sus actos también. Y en un lamentable lance, se verá obligado a matar al padre de doña Inés. Pero ya Don Juan se ha ganado nuestra simpatía, cosa que no ocurría con el Don Juan de Tirso, más cruel y depravado. Y estaremos a su favor cuando se presente la ocasión de salvar su alma.

Un gran clásico que se sigue disfrutando año tras año en estas fechas. Y como su lectura me ha dejado con ganas de más, ahora mismito voy por unas castañitas para acompañar mientras veo la obra. ¿Me acompañáis?



lunes, 28 de octubre de 2013

Fragmento de Don Juan Tenorio de José Zorrilla

Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el Emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: «¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencias y amoríos».
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.

De aquellos días la historia
a relataros renuncio;
remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma por fin
como os podéis figurar,
con un disfraz harto ruin
y a lomos de un mal rocín,
pues me quería ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.

Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.