Josefina Aldecoa
Historia de una maestra
Alfaguara, 1990
En 1923 Gabriela recoge su título de maestra. Es el comienzo de un sueño
que la llevará a trabajar en varias escuelas rurales en España y en
Guinea Ecuatorial. Historia de una maestra es la narración, hecha desde
la memoria, de la vida de Gabriela durante los años veinte y hasta el
comienzo de la guerra civil.
Con el trasfondo de la República, la revolución de Octubre y la guerra,
esta novela rememora aquella época de pobreza, ignorancia y opresión, y
muestra el importante papel de la enseñanza y de aquellos que lucharon
por educar un país.
Contada desde la verdad del recuerdo, con sentimientos que apenas nos
atrevemos a reconocer y desde una progresiva toma de conciencia,
Josefina Aldecoa nos abre un camino a la esperanza y al idealismo.
Josefina Aldecoa formaba parte de esa lista de autores pendientes tan
larga que tengo. No terminaba de animarme con ella. Y fue la
excelente reseña que Ismael de
Cajón de historias hizo la que me dio el empujón
que necesitaba.
Es
Historia de una maestra el primer libro de una trilogía. Pero que no os cunda el miedo. Se puede leer de forma independiente. No queda ninguna trama abierta al final del libro. No nos va a dejar con ninguna pregunta sin respuesta. Con lo único que nos va a dejar es con ganas de seguir disfrutando de la pluma de esta gran autora. Y es que llegas a la última página sin apenas darte cuenta. Con ganas de que la historia continúe, con ganas de seguir conociendo esa parte de nuestra historia. Con ganas de más.
La gran protagonista es Gabriela, a quien conocemos cuando acaba de conseguir su título de maestra. Con toda la vida por delante, con muchas esperanzas y sueños por cumplir, inicia ella su nueva etapa en la vida. El mismo día que va con su título bajo el brazo se casa en Oviedo un tal Franco...
Su padre tiene una gran influencia en ella. Todo lo que ha aprendido de él es lo que ella quiere enseñar ahora a sus alumnos: respeto, igualdad, tolerancia...
Educar para la convivencia. Educar para adquirir conciencia de la
justicia. Educar en la igualdad para que no se pierda un solo talento
por la falta de oportunidades.
Tras pasar por varias escuelas rurales, consigue por fin su título de maestra en propiedad. Y elegirá como destino Guinea Ecuatorial. No lo tendrá fácil. La vida ahí es totalmente distinta a la nuestra. Intentará vivir como sus alumnos, en sus mismas condiciones, pero su cuerpo no lo resistirá. Será una experiencia dura pero intensa, gratificante. Será una etapa que influirá mucho en ella.
Ya en España, volverá Gabriela a luchar contra todas las dificultades que una maestra rural tenía en aquellos años. Son los años 20. Los medios de los que se disponen en las aulas son escasos. La mentalidad de los padres es muy cerrada. No valoran la enseñanza. Con que sus hijos aprendan a leer y escribir un poco es suficiente. Para qué mas. Y ella luchará, primero sola, luego con la ayuda de Ezequiel, otro profesor, que pronto se convertirá en su marido, para que esto cambie. Con la llegada de la República algo más fácil lo tendrán. Serán tiempos de ilusión, de optimismo. Los nuevos dirigentes se preocupaban por hacer llegar la cultura al pueblo y organizaban Misiones Pedagógicas. A través de recitales de poesía, de talleres de pintura, a través del teatro, se pretendía acercar la cultura a los pueblos rurales. Se pretendía darle más importancia a la educación. Pero España aún no estaba preparada para todo esto. Muchos años de ignorancia, de analfabetismo lo impedían. Y la Iglesia... Y es que la República fomentaba una educación laica, ajena a cualquier símbolo religioso:
No es un ataque a vuestras creencias. No es un insulto ni un desprecio. Pero tenéis que entender que la escuela no es un lugar para hacer fieles, sino un lugar para aprender lo más posible y llegar a ser hombres y mujeres cultos. Para aprender a ser buenos cristianos tenéis la Iglesia, no lo olvidéis.
Tampoco gustaba a la Iglesia la idea de una escuela mixta:
...al estar juntos se estimulaban más, que las características de los unos ayudaban a completar los rasgos de las otras. Juntos se desarrollaban más como personas.
Pero no se limitarán Gabriela y Ezequiel a enseñar a los niños. Tendrán la escuela abierta también para los adultos, para enseñarles a leer y escribir, para enseñarles, para darle las herramientas necesarias para que puedan salir de la ignorancia en la que están viviendo. Siempre lucharán por su sueño:
“Mi sueño no progresa. Mi sueño es un sueño maldito. Siempre estoy empezando el sueño…
Pero la República tiene sus días contados... Las revueltas políticas empiezan a sucederse. La guerra civil es inminente. Y Ezequiel radicaliza su postura. Se afilia al Partido Socialista. Y no será un luchador pasivo. Al contrario, incluso participará en la revolución de Asturias de 1934. Pero Gabriela no terminaba de entender la política:
Yo creía en la Educación, en la Cultura, en la Justicia. Amaba mi profesión y me entregaba a ella con afán. ¿Todo eso era política?
Con mucha sencillez, nos narra Aldecoa la vida de Gabriela. Y nos cuenta su especial historia de amor con la enseñanza. Porque es amor lo que tiene Gabriela por su profesión. Un amor que incluso supera al amor que siente por su marido, un amor que incluso supera al que tiene por su hija...
No he sido yo muy dada a las literaturas pero la verdad es que, ni el instinto maternal anticipado, ni la ilusión por la nueva vida, ni el imaginarme cómo iba a ser el niño que llegaba, me ocupaban el tiempo. Bastantes niños tenía a mi alrededor, bastantes caras risueñas, bastante atareada andaba atendiendo ese preguntar insaciable que me llenaba la vida.
Nos regala Aldecoa una historia emotiva, que nos cala, que nos hace sentir, que nos emociona, página tras página. Imposible olvidar a Gabriela una vez que cerramos el libro. Imposible olvidar su lucha, su sueño. Una lucha y un sueño que tuvieron muchos maestros en esa época. Una lucha y un sueño que aún tienen muchos maestros en esta época.

Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí.