"¿Era simétrica la realidad o la simetría era un ideal provocado por la inteligencia del hombre? ¿Acaso todo lo que se podía dividir por la mitad daba lugar a dos partes armónicas y similares? ¿Dónde está la mitad de mi vida?, se dijo observando a su hija que atendía a los familiares y amigos con una cortesía dolorosa. ¿Deja mi madre aquí un espacio simétrico al que ahora ocupa? ¿Dejan los muertos un reflejo de sí en este mundo de dolor? ¿Qué sensación es simétrica al dolor?"
Es el segundo libro de Millás que leo y sigo llevándome las mismas impresiones que con el primero. Lo mejor de Millás no es la historia que cuenta, es cómo lo cuenta. La sencillez es el rasgo que más caracteriza a su estilo. Sin grandes descripciones, sin expresiones rebuscadas, el autor sabe crear unos personajes que cobran vida ante nuestros ojos. Porque más que la historia, lo importante en la obra de este gran escritor son sus personajes.
En este caso, la protagonista principal es Elena Rincón, una mujer de unos 45 años, de posición acomodada y adicta al hachís. El libro se inicia cuando Elena se entera de la muerte de su madre. La noticia, en un primer momento, no parece afectarle, y es que la relación con su madre no era buena. Como tampoco parece buena la relación que mantiene con su marido, con sus hermanos e incluso con su hija. Y es que su vida parece estar dominada por la monotonía, monotonía que ha derivado en apatía. No hay nada en la vida que le haga ilusión. Parece hastiada de todo.
Cuando descubre el diario de su madre, parece que algo empieza a despertar en ella. Es cuando empieza realmente a conocer a su madre e incluso a comprenderla. Fragmentos como estos le impactan porque no imaginaba que su madre pudiera pensar así:
"De los hijos no sabemos qué decir porque son buenos y malos al mismo tiempo y he comprobado que una sólo los quiere cuando responden a la idea que una se hace de ellos. Además, los hijos son una parte separada de tu cuerpo y eso, aunque estemos acostumbradas, es muy raro. Los hijos son como de otro barrio, aunque estén en este."
" De entre todas las frutas amargas de la vida, la muerte no es, ni con mucho, lo peor. Lo malo es vivir lejos de una misma, que es como vivo yo desde hace años..."
Y al mismo tiempo que empieza a conocer a su madre, Elena empieza a descubrirse a sí misma. Pero para ello necesita saber cosas antes. Y como sospecha de la infidelidad del marido, contrata a un detective para asegurarse. El detective en ningún momento sabrá quién le contrata, así que en sus informes, Elena también aparecerá. Y esta visión de sí misma desconcierta en un principio a Elena, pero luego le gustará y llegará a contratar al detective sólo para que le siga. Y cada vez le pedirá que sus informes sean más subjetivos. Que no se limite a informar, sino que también opine, porque ve en esto el mejor método para conocerse a ella misma. Estos informes se convierten en una de las mejores partes de este relato. Porque cuando los leemos compartimos con Elena el mismo punto de vista. Ambos somos lectores y ambos estamos descubriendo a una Elena que no conocíamos hasta ahora. Veremos los actos que antes nos ha contado la propia Elena pero ahora desde el punto de vista del detective, y en algunos casos, difiere mucho. Y nos aclara muchas cosas no sólo a nosotros sino a la propia Elena.
Y animada por estos informes, y, sobre todo, por el diario de su madre, Elena empieza a su vez un nuevo diario. Y en este momento el narrador, que ha estado presente desde el principio de libro, desaparece. Ahora es la propia Elena la que nos cuenta las cosas. Empieza a tomar la iniciativa, a no dejarse llevar, a volver a tomar las riendas de su vida. A partir de este momento, las voces narrativas se van alternando: el diario de Elena, de su madre, los informes...
Y no quiero revelar más de un libro, que a pesar de ser corto, es de esos libros que se disfrutan más con una lectura lenta, sosegada, disfrutando cada palabra, cada reflexión. Porque lo mejor de este libro no está en el final. Está en el camino que ha realizado Elena para llegar a ese final.
"–¿Tú crees que somos vulgares?
–Tú nunca has sido vulgar.
–Te pregunto por nosotros, no por mí.
–No hemos sido vulgares gracias a ti.
–¿Tú eres vulgar entonces?
–Yo quiero ser vulgar desde hace mucho tiempo –respondió Enrique con un tono que estaba entre la amargura y el resentimiento.
–¿Por qué? –insistió Elena.
–Porque deseo ser feliz."
"Esto debe de ser la soledad, de la que tanto hemos hablado y leído sin llegar a intuir siquiera cuáles eran sus dimensiones morales. Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. (...) La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita. ¿Qué había en esto de literario, qué había de divertido? ¿Por qué nos gustaba tanto?"