Francisco Umbral
Austral, 2014
Con la belleza de su mejor prosa poética, Francisco Umbral, describe su
vida y la de su mujer en los primeros ochenta, cuando aún viven en
Madrid y acaban de comprarse una casa en las afueras, La Dacha. Bellas
descripciones del jardín son el escenario en el que se disecciona su
matrimonio y, en esencia, todos los matrimonios, la convivencia, con su
complicidad y su distancia.
«No debieras leer, María, este
capítulo, para no saber que eres feliz cuando lo ignoras, porque
entonces lo sabrías y se estropearía el encanto. Pero aquella niña de
los pinares adolescentes, que iba para nada, que luego se me extravió en
Madrid, aventura en que yo mismo la metí, es de nuevo una criatura
natural, hembra y sencilla, que riega los ciruelos con fervor.»
Cuando leí hace ya unos años Mortal y rosa me sorprendió mucho el autor. Y no sólo por la calidad de su prosa, exquisita, preciosa, rayando en el lirismo… Me sorprendió, sobre todo, por cómo se desnudaba ante el lector mostrando todos los sentimientos que le embargaban ante la muerte de su hijo. Y esperaba algo parecido en este libro. Y su prosa sigue igual de brillante. Es todo un placer leer a Umbral. Es de una belleza sublime. Pero en esta ocasión me ha faltado esa emoción que sí supo despertarme con Mortal y rosa. Aquí la esposa parece convertirse sólo en un pretexto para plasmar sus reflexiones sobre la vida, el paso del tiempo, la muerte, el sexo, el erotismo… Y para hablar de sí mismo, pero sin llegar a abrirse del todo. Como si quisiera que lo conozcamos, pero sólo un poco. Y quizás mejor dejarlo así, que entre sus pensamientos percibo cierta misoginia que no me ha gustado nada.
"Los libros no son buenos ni malos, mejores ni peores, María. Los libros (he escrito medio centenar, ya sabes) son inquietantes por su comportamiento. Unos se van como piedras muertas al fondo del silencio y otros siguen atravesando el mundo con su punta que hiere y su curare."
