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miércoles, 13 de enero de 2021

Carta a mi mujer de Francisco Umbral

Carta a mi mujer

Francisco Umbral

Austral, 2014

Con la belleza de su mejor prosa poética, Francisco Umbral, describe su vida y la de su mujer en los primeros ochenta, cuando aún viven en Madrid y acaban de comprarse una casa en las afueras, La Dacha. Bellas descripciones del jardín son el escenario en el que se disecciona su matrimonio y, en esencia, todos los matrimonios, la convivencia, con su complicidad y su distancia.

«No debieras leer, María, este capítulo, para no saber que eres feliz cuando lo ignoras, porque entonces lo sabrías y se estropearía el encanto. Pero aquella niña de los pinares adolescentes, que iba para nada, que luego se me extravió en Madrid, aventura en que yo mismo la metí, es de nuevo una criatura natural, hembra y sencilla, que riega los ciruelos con fervor.»

 

 

Cuando leí hace ya unos años Mortal y rosa me sorprendió mucho el autor. Y no sólo por la calidad de su prosa, exquisita, preciosa, rayando en el lirismo… Me sorprendió, sobre todo, por cómo se desnudaba ante el lector mostrando todos los sentimientos que le embargaban ante la muerte de su hijo. Y esperaba algo parecido en este libro. Y su prosa sigue igual de brillante. Es todo un placer leer a Umbral. Es de una belleza sublime. Pero en esta ocasión me ha faltado esa emoción que sí supo despertarme con Mortal y rosa. Aquí la esposa parece convertirse sólo en un pretexto para plasmar sus reflexiones sobre la vida, el paso del tiempo, la muerte, el sexo, el erotismo… Y para hablar de sí mismo, pero sin llegar a abrirse del todo. Como si quisiera que lo conozcamos, pero sólo un poco. Y quizás mejor dejarlo así, que entre sus pensamientos percibo cierta misoginia que no me ha gustado nada. 

"Los libros no son buenos ni malos, mejores ni peores, María. Los libros (he escrito medio centenar, ya sabes) son inquietantes por su comportamiento. Unos se van como piedras muertas al fondo del silencio y otros siguen atravesando el mundo con su punta que hiere y su curare."


 

martes, 22 de diciembre de 2015

Mortal y rosa de Francisco Umbral

Francisco Umbral
Mortal y rosa
Austral, 2007

Los libros, cómo crecen los libros en la casa, aquellos primeros libros de la madre, secos y polvorientos, que me han acompañado por pensiones, viajes, noches, años, cómo proliferaron. Apenas los veo ahora entre el farallón de los libros, pared maestra, muro de letra impresa que ha modificado la estructura de la casa, y ese hormigón con que se pegan las páginas de algunos libros que no volvemos a leer jamás. Los libros respiran, como las flores, y nos van matando, nos van secando el aire, pero los cuido, los ordeno, los desordeno, y crecen. Me olvido de su distribución, pero ellos solos se barajan y vuelven a su geometría lógica de biblioteca, y sé, sin querer saberlo, dónde está cada uno, porque el paso de la vida es el irse convirtiendo uno de poeta en bibliotecario.
Tomar un libro es como quitarle un ladrillo a la muralla, puede venirse abajo toda la construcción y demolernos. Nos amparamos, ya, en una pared de tipografía que nos resguarda de los vientos de la vida, celda de papel en la que uno va siendo el monje de sus propias religiones heterodoxas. Puedo abrir un libro y encontrarme dentro de él, porque uno no es sino la señal de lector puesta entre las páginas de la novela de la propia vida, o puedo mirar y olvidar mis propios libros, los que yo he escrito, rectángulos de ignorancia y obstinación, cajas de puros sin puros.
La marea de los libros, su silencio en la noche, su olor a engrudo y memoria, esa sustancia de celulosa y oro que rodea y limita ya mi vida. Cómo escapar a los libros. Son el enladrillado de mi alma. Para no verlos, para no sentirlos, abro un libro y leo.
Lo siento, señor Umbral, por no haberme acercado antes a sus letras. Lo siento, por haberme alejado de usted hasta ahora por tontos prejuicios... Y lo siento, porque su libro es duro, es demoledor, es puro dolor... Pero es lo más hermoso que he leído en años. ¿De verdad compartimos idioma? Porque lo que usted logró con las palabras en este libro es absoluta magia. Es pura belleza. Es perfección.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, su fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.
Y cómo se desnuda, cómo muestra su amor...
Estoy oyendo crecer a mi hijo.
 Y cómo muestra su dolor...
La risa de mi hijo. He perdido la risa de mi hijo. ¿Cuánto hace que no sonríe? En este mismo diario tengo escrito, me parece, que a la cripta que es un niño sólo se llega por la celosía de su risa. Mi hijo no ha vuelto a reir ni a sonreir.
Y en este fluir de emociones, de sentimientos, también hay momentos para la reflexión. Para mirar el mundo y mostrar su desacuerdo, su indignación. Porque hay tantas injusticias en él. Pero el dolor, su dolor, siempre está ahí. Porque perder un hijo...
Los días se desprenden de mi cuerpo como la carne de los leprosos.
Ni siquiera se siente vivo.
 Soy el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos.
Y callo ya, porque nada de lo que diga puede hacer justicia a esta obra maestra de nuestra literatura. 
Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo llorándote en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen en Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.