Retrato de un hombre inmaduro
Luis Landero
Tusquets, 2009
En la habitación de un hospital, y en el curso de la que muy probablemente sea su última noche en este mundo, un hombre de unos 65 años le cuenta a alguien, y también a sí mismo, la historia de su vida. Dejándose llevar por el azar de la memoria y la fluidez de su propio relato, va y viene en el tiempo, rescatando, con no poco humor, las pequeñas y más significativas aventuras que vivió y que vio vivir. Porque a este hombre le ha gustado mirar siempre el espectáculo del mundo tanto o más que participar en él. Pero, como todos, conoció el amor, el sabor agridulce de la libertad, el poder, el horror, la belleza, la amistad, el absurdo, la doble conciencia y, en fin, todos los ingredientes de que está hecha la vida. Y no sólo cuenta, sino que al hilo de cada episodio busca algún sentido al viejo misterio de vivir, ahora que no hay tiempo ya de engañarse ni de rectificar. Como quien manipula las piezas para formar un puzzle, se enlazan el rápido curso vital y los remansos reflexivos, el bullir inagotable de personajes y peripecias casi siempre cómicas o kafkianas, para trazar el perfil de un hombre sesudo y a la vez infantil, responsable y a la vez arbitrario, bueno a la vez que inmoral: un retrato del hombre contemporáneo.
Me he estrenado con Luis Landero con esta pequeña novela y si algo me ha quedado claro es que este autor es un auténtico maestro de las palabras. Que en su caso no importa lo que cuenta. Es en cómo lo cuenta donde reside el principal atractivo de su obra. Leerle se convierte en un auténtico placer, aunque la historia no termine de engancharnos. Leerle es un auténtica delicia.
... pero luego fui enemistándome con las palabras, desconfiando de ellas, de ese poder que tienen para envenenar y corromper el alma y enturbiar la mirada. ¿Me permite de nuevo un pequeño discurso? No existe, no puede existir el mirar puro, porque enseguida las palabras se meten por medio y se convierten en protagonistas. Pero, por otro lado, ¡pobres palabras! Palabras que uno creía fieles y seguras, de pronto las ves lucir en la boca o en la pluma de gente inicua, y entonces sientes una mezcla de piedad y de rencor en ellas. Y luego están los que trafican con las palabras, las que la violentan, las esclavizan, las falsean, las deforman, las mutilan, o con dos hacen una, o juegas promiscuamente con varias, dándoles trato públcio de putas callejeras. (...) Sí, hay días en que me repugna el lenguaje, los que hablan, los que oyen, los que rezan, los que blasfeman, los que callan, todos, todos por igual...
En esta novela su protagonista nos va contando las andanzas de su vida. Se encuentra ya al final de ésta, y mira hacia atrás, sin tristeza, sin pesar. Mira hacia atrás con alegría, con humor, con nostalgia. Ha tenido una vida completa, plena. Y tal y como va recordando, se lo va contando a la enfermera que le cuida, que le escucha pacientemente. Como nosotros. Y vamos conociéndole, no sólo él, sino también a todas aquellas personas que significaron algo en algún momento de su vida.
Quizá le cuento esto porque de mí mismo no tengo mucho que decir (mi vida no tiene apenas argumento; es sólo un amontonamiento de cosas desparejas y de poco valor), pero de la gente que he conocido me pondría a hablar y no acabaría nunca. No entiendo ese afán de conocerse uno a sí mismo y andar hurgando y como hozando en las entrañas inmundas de la identidad, a veces incluso con ayuda de profesionales. ¿Qué espera uno encontrar en ese estercolero? ¿Se imagina un epitafio que diga "Aquí yace uno que logró conocerse a sí mismo"? No, a mí lo que me parece interesante es el mundo, el asistir gratis al espectáculo de los demás. Bastante tiene uno con llevarse a sí mismo encima todos los días del año y las horas del día. ¿No crees? Bah, a la mierda el yo y sus circunstancias.
Una vida plena, llena de momentos buenos, también malos, como la de cualquiera. Pero toda vida merece ser contada, eso es lo que parece querer decir Luis Landero. Y así conocemos al protagonista de niño, con sus travesuras; de adolescente, con sus primeros amores; en el trabajo, con sus amigos... Y poco a poco vamos conociéndole, tomándole cariño. Y cerraremos el libro, pensando en que sólo es un personaje más de los tantos que conocemos en este mundo literario. Pero no. Pasan los días y sigues recordándole. Y sonriendo, recordando algunas de las situaciones absurdas que ha vivido. Y te das cuenta de que, realmente, le estás echando de menos.
Entonces me decía: "Anda y que se jodan. Ámate a ti mismo, y acepta que ese amor es más firme y cierto que el que te inspira o le debes al prójimo. Ama a los demás con el sobrante del amor propio".
























