La nieta del señor Linh
Philippe Claudel
Traductor: José Antonio Soriano Marco
Editorial: Salamandra, año 2006
Una fría mañana de noviembre, tras un penoso viaje en barco, un
anciano desembarca en un país que podría ser Francia, donde no conoce a nadie y
cuya lengua ignora. El señor Linh huye de una guerra que ha acabado con su
familia y destrozado su aldea. La guerra le ha robado todo menos a su nieta, un
bebé llamado Sang Diu, que en su idioma significa «Mañana dulce», una niña
tranquila que duerme siempre que el abuelo tararee su nana, la melodía que han
cantado durante generaciones las mujeres de la familia. Instalado en un piso de
acogida, el señor Linh sólo se preocupa por su nieta, su única razón de existir
hasta que conoce al señor Bark, un hombre robusto y afable cuya mujer ha
fallecido recientemente. Un afecto espontáneo surge entre estos dos solitarios
que hablan distintas lenguas, pero que son capaces de comprenderse en silencio
y a través de pequeños gestos. Ambos se encuentran regularmente en un banco del
parque hasta que, una mañana, los servicios sociales conducen al señor Linh a
un hospicio que no está autorizado a abandonar. El señor Linh consigue, sin
embargo, escapar con Sang Diu y adentrarse en la ciudad desconocida, decidido a
encontrar a su único amigo. Su coraje y determinación lo conducirán a un
inesperado desenlace, profundamente conmovedor.
Tenía miedo, mucho miedo con este libro. Eran tantas las reseñas positivas, tantas las recomendaciones, que temía que al final no iba a disfrutar con su lectura. Y afortunadamente no ha sido así. Y es que es imposible no emocionarse con la historia del señor Linh, imposible no querer a este anciano al que la vida le ha arrebatado todo, excepto a su nieta. Imposible no sentir nada por este anciano perdido, incapaz de comprender todo lo que sucede a su alrededor pero que lucha día tras día por su nieta. Imposible no acompañarlo en su soledad.
“Está a miles de kilómetros de
una aldea que ya no existe, a miles de kilómetros de unas tumbas huérfanas de
sus cuerpos, muertos a unos pasos de ellas. Está a miles de días de una vida
que antaño fue hermosa y feliz.”
Una soledad que será mitigada cuando aparezca en escena el señor Bark, un personaje que también está solo, tras la muerte de su mujer. No compartirán el mismo idioma, pero serán capaces de comprenderse, de conocerse, sólo a través de miradas, de gestos, de actos.
El
señor Linh se inclina tres veces a modo de despedida y el señor Bark,
como no puede estrecharle la mano porque el otro tiene a la pequeña en
brazos, posa la suya en el hombro del anciano pesadamente, con afecto.
El señor Linh sonríe. Era todo lo que deseaba.
Una historia triste, con dos personajes solitarios. Dos personajes que han visto que su mundo se ha desmoronado. Y a pesar de esto, no es una novela que nos deje con la tristeza en el alma. Al contrario, la amistad de estos dos personajes nos reconcilia con el mundo, nos habla de esperanza, nos habla de ilusión. Nos habla de que siempre hay motivos para comenzar de nuevo. Siempre hay una razón para vivir.
Contada de forma sencilla, casi sin adornos, Claudel crea una prosa bella, que se deja leer, que nos atrae irremediablemente. Sin apenas acción, el escritor consigue que nos quedemos pegadas a las páginas de su historia gracias a su señor Linh, un personaje tan bien creado, con tantos matices, que nos cautiva. Nos cuesta abandonarlo sin más. Nos cuesta llegar a la última página. No queremos separarnos de él.
¿El final? Inesperado, soberbio, inmejorable. Un final que te hace leer de nuevo las primeras páginas. Que te hace disfrutar de nuevo del libro por completo, y darle sentido a todas las pistas que nos iba dando el autor y no nos dábamos cuenta.
La mañana siempre vuelve,
Siempre vuelve con su luz,
Siempre hay un nuevo día,
Y un día serás madre tú.