La ridícula idea de no volver a verte
Rosa Montero
Seix Barral, 2013
Cuando Rosa Montero leyó el maravilloso diario que Marie Curie
comenzó tras la muerte de su esposo, y que se incluye al final de este
libro, sintió que la historia de esa mujer fascinante que se enfrentó a
su época le llenaba la cabeza de ideas y emociones.
La ridícula idea de no volver a verte nació de ese incendio de palabras, de ese vertiginoso torbellino.
Al hilo de la extraordinaria trayectoria de Curie, Rosa Montero construye
una narración a medio camino entre el recuerdo personal y la memoria de
todos, entre el análisis de nuestra época y la evocación íntima.
Son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones
entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de
la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora
de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de
la existencia con plenitud y con ligereza.
Vivo, libérrimo y original, este libro inclasificable incluye
fotos, remembranzas, amistades y anécdotas que transmiten el primitivo
placer de escuchar buenas historias. Un texto auténtico, emocionante y
cómplice que te atrapará desde sus primeras páginas.
Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos.
Rosa Montero en este libro nos ofrece su biografía de Marie Curie, una mujer admirable. Y digo su biografía porque la autora prefiere reverlarnos más el alma de esta gran mujer, que su vida. A Rosa le importa, sobre todo, conocer a Marie Curie. Sus sentimientos, sus reflexiones, su tenacidad... Si llora, si ríe, si está triste, si es feliz... Su empeño por lograr sus sueños. Y cuando nos cuenta esto, también Rosa Montero revela mucho de sí misma.
Qué pena que olvidé que podía perderte. Si hubiera sido consciente, te habría querido no más, pero mejor. Te habría dicho muchas más veces que te amaba. Habría discutido menos por tonterías. Me habría reído más...
Con pocas palabras, con sencillez, como si no se diera cuenta...
Pero cómo, ¿el mundo sigue igual sin él? Tu cabeza lo entiende, pero tu corazón se queda atónito.
Y poco a poco vamos descubriendo a la par a dos personas, a Marie Curie y a la propia autora.
Tengo sobre todo ese sentimiento obsesivo de desamparo, con momentos de angustia, y también una inquietud, y a veces la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?
Y nos habla de la muerte, de la vida...
La vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena, te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad de un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza.
Del dolor...
Cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba.
De literatura...
Lo más importante de las buenas novelas se agolpa en las elipsis, en el aire que circula entre los personajes, en las frases pequeñas.
Y así llegamos al final del libro... Y podría volver a empezarlo otra vez.